“Pintar
y amar es lo mismo”
RESUMEN:
¿Puede un maestro del siglo XXI acercarse con sus alumnos a una exposición
esperando encontrar en las obras lo que habrían querido ver los
espectadores del siglo XVII? Los aspectos prácticos de asignaturas como
Artes Plásticas pueden contribuir no sólo al desarrollo de unas
determinadas capacidades sino, sobre todo, a la educación de una
sensibilidad distinta y urgente ante el fenómeno artístico y una manera
diferente de educar la mirada
Con
esta frase, atribuida a Chagall, titula Michel Barlow uno de los capítulos de
su libro “Diario de un profesor novato”. Al releerlo, cosa que hago con
frecuencia, me sigo asombrando de lo poco que han variado algunos hábitos a
la hora de educar y, por tanto, de ser educado en lo que a la apreciación del
arte se refiere.
De
los alumnos que acceden a los estudios de Magisterio, apenas un tercio ha
tenido algún contacto con la historia del arte tradicionalmente entendida, a
través de asignaturas correspondientes a sus estudios previos. De ellos, por
razones “de tiempo”, no han sido muchos los que han atravesado en sus
programas el umbral del siglo XX para llegar a abordar las denominadas
vanguardias. Unos y otros, no dejan de sorprenderse con las manifestaciones
artísticas contemporáneas a sus tatarabuelos: hasta les parecen de una
modernidad insultante.
¿Por
qué ese desfase a la hora de si no comprender, al menos respetar las
manifestaciones artísticas pictóricas y escultóricas del siglo XX?
No
pretendo resolver esta cuestión en estas líneas pero me voy a permitir
esbozar algunas ideas para su desarrollo desde las posibilidades de las
asignaturas de Educación Artística, concretamente las Artes Plásticas, en
la carrera de Magisterio. Porque como ya he dicho creo que éstas no deben
limitarse al desarrollo de unas supuestas cualidades más o menos manuales,
sin duda expresivo-creativas, sino
que deben permitir un acercamiento al entorno social y cultural que nos rodea.
Y porque así queda recogido de manera expresa en los presupuestos que
contempla el actual ordenamiento académico de la Enseñanza Primaria.
Entiendo que desde los conocimientos y la práctica de las diferentes técnicas,
es posible posibilitar un mejor entendimiento de los diferentes problemas que
se les plantearon a los diferentes artistas a través de los tiempos y, por
tanto, emitir un más acertado juicio de los resultados finales expresados en
sus obras. Entiendo, igualmente, que los maestros deberán educar la forma de
ver y leer imágenes porque será el campo de la Educación Artística con el
que la mayor parte de sus futuros alumnos se relacionarán, independientemente
de sus futuras opciones personales, vocacionales o profesionales. Sin duda
pocos se habrán de dedicar a actividades relacionadas con “lo artístico”
de manera prioritaria. Creo que muchos, no obstante, podrían aprovechar esos
medios para una manera diferente de cultivar su personalidad y expresar sus
sentimientos o emociones. Pero todos van a convivir en una sociedad en la que
cada vez más estará presente un lenguaje visual que deberían entender, más
allá de que visiten o no determinados museos o decoren, con mayor o menor
gusto, las paredes de sus casas.
Desde
hace algún tiempo tiendo a considerar prioritario en la enseñanza de la
Historia del Arte ,- desde lo específico de mi asignatura-, el estudio de los
conceptos que se han abordado de manera común a través de sus diferentes
hitos o etapas más que en la sola enumeración consecutiva y lineal de una
serie de autores y de obras, a veces desconectada de cualquiera otros
factores. Y desde mi perspectiva concreta, me atrevo a apostar por un
aprendizaje desde este postulado interdisciplinar que, además de considerar
aspectos sociológicos, psicológicos o filosóficos, confiere especial
relevancia a los condicionantes materiales y los aspectos prácticos.
Y
al presentar una propuesta de trabajo en la que se superponen cajas sencillas
cajas de cartón, además de invitar tansversalmente al reciclaje, nos
enfrentamos a problemas de contrapesos similares a los que supuso la ejecución
de un caballo de bronce encabritado para el mismo Leonardo. Manipulando esa
estructura, cuyas caras se cortan
y desdoblan, se está ayudando a comprender la revolución espacial que supuso
la liberación del espacio interior de que, como principal aportación de los
procesos industriales de primeros del XX, aportó la escultura del hierro.
Valgan
unas breves pistas en las que detenerse para reflexionar sobre dichos
presupuestos.
(Imagen
1)
El
primero de los axiomas que prevalecen es la aún vigente concepción de una
imagen artística como representación de la realidad y en la mayor validez de
la misma según el grado de similitud del objeto representado con el real.
Dicho de otro modo, en la verdadera obsesión con la que algunas personas
buscan en una cuadro la semejanza de lo que representa y su título.
Sin embargo las artes
figurativas, fundamentalmente pintura y escultura, han estado tradicionalmente
sujetas al “ut poesis, pictura”[1],
la situación opuesta en la que se subordina la imagen al mundo real y que
procede de una ideología platónica que ha marcado el devenir de su historia
frente a otro tipo de manifestaciones (todo ello pese a la no demasiado buena
imagen que el artista tenía para Platón) Antes incluso del cuadro-ventana o
la “trompe-l’oeil” y en muchos casos en convivencia con ellos,
escultura y pintura han llevado sobre sus hombros el lastre de esa
supeditación a un mero acto reproductor de la realidad. Aunque, como en la
caverna platónica, ese conocimiento nos viniera dado por la percepción de
unas sombras de perfiles más o menos ajustados a las ideas que seguían
habitando el exterior real tal vez sin nuestro conocimiento.
¿Por
qué, en este caso, fieles a la identidad del objeto y de su nombre, no
considerar el cenit del arte una obra conceptual como la de Joseff Kosuth
“Una y Tres sillas” ?: una silla real (objeto) más una fotografía de la
silla real (imagen) y un texto con la definición del objeto y la imagen
representados. Una puesta en escena que posibilita expresar en una sola obra
conceptos escultóricos, pictóricos y literarios, asumiendo la totalidad de
las maneras posibles de comprender los significados del objeto, la imagen y su
significado. Que despoja además a la creación del prestigio que la autoría
de determinado autor de fama contrastada le confiere: ya no es necesario que
el objeto-obra de arte esté acompañado de una firma. No se trata de las
sillas de Van Gogh. Tampoco se trata de una silla concreta: cualquiera puede
disponer las partes del mensaje no ya en el recinto sagrado del museo, sino en
su propia casa. La obra será la misma, aunque sea distinta.
La autonomía de la obra como
algo en sí mismo, con independencia de una finalidad digamos descriptiva
(cuando no aleccionadora, moralizante o servil a una serie de poderes
establecidos), nos enfrenta a la concepción de la creación como un objeto de
conocimiento. Algo que Adorno (1980) aproxima a una sensación de escalofrío
y Savater (1999) define como evidencia de lo real. La intuición intelectual
de Givone (1990) que “produce por sí mismo su propio producto, que es eso,
un producto, un objeto, una cosa, pero al mismo tiempo contiene en sí su razón
de ser”[3].
El kantiano placer desinteresado, ese “no se qué” empático del que ya
hablara Worringer (1907) que nos hace emocionarnos ante determinados estímulos
y que hace tan difícil el poder elaborar una teoría estética que unifique
todos los criterios.
La evidencia de lo real que nos permite adscribir al objeto artístico
cualidades distintas a la belleza o tal vez decididamente contrapuestas ¿O es
que es necesario que la obra de arte contenga o describa la belleza o sea,
ella misma, bella? Y, en ese caso ¿Por qué son más bellas unas manzanas
pintadas con un escrupuloso realismo que otras que parezcan círculos
emborronados de tonos rojizos? ¿Por qué no visitar, entonces, una frutería
en lugar de un museo? Tal vez en un mundo cientifista, amigo de las
demostraciones empírico-tecnológicas, lo que el espectador sigue buscando es
una clara referencia para no extraviarse. Que en alguna faceta, la realidad
responda a sus expectativas, que la vida se cumpla según sus planes. Igual
que en el Medioevo le resultaba imprescindible visualizar los frisos labrados
en roca caliza para comprender los mensajes apocalípticos que acababa de
escuchar en el templo, ahora sabe que buscando la similitud entre el objeto
representado y su representación no va a equivocarse. Pese a no temer al
fuego del infierno, la manzana que él espera encontrar sólo puede ser verde
y redonda (Aunque también admita otras variedades,
amarillas o rojizas) Sin olor ni sabor, pero manzana al fin y al cabo.
Aunque le deje igual de hambriento le dejará, al menos, satisfecho: el título
aparenta decir lo que se ve[4].
Supuestamente, ha admirado el prodigio, ha entendido el mensaje y puede salir,
feliz, a la calle.
El
asunto se vuelve aún más complejo si planteamos la realización práctica de
este ejercicio con nuestros alumnos: ¿Cómo comenzar a realizar una composición
abstracta, sobre todo después de la sufrida, maniquea e insolente frase: - “¿Y
eso es Arte? Eso lo hace cualquiera”? ¿Cómo saber si el resultado
final es aceptable o es óptimo? ¿Cómo trasladar las conclusiones al aula de
Primaria? Aprender a dibujar bien, -les digo a mis alumnos-, es decir de
manera realista, -corrijo-, es un método científico estricto: ante un objeto
que se quiere dibujar y los útiles necesarios, sólo es cuestión de ensayo y
error. Borrar y dibujar hasta encontrar los parecidos. Nada más fácil.
Cuestión de tiempo y de destrezas. Cuándo no existe ese referente ¿Por dónde
empezamos?
Suelo
encontrar rostros sorprendidos cuando presento mediante dispositivas la
evolución del paisaje al abstracto a través de los cuadros de Kandinsky y
Mondrian, inspirándome en la magnífica exposición de la Fundación La Caixa
de 1994. En ella se apreciaba la trayectoria vital que les llevó –en el
caso de Mondrian después de diez años- desde unos cuadros eminentemente
realistas a otros totalmente abstractos. Procuro mostrarles, igualmente,
algunas imágenes fotográficas de paisajes que, siendo realistas, nada tienen
de tales: las tomas aéreas o fragmentarias de determinados aspectos orográficos
nos acercan más a las interpretaciones de Klee, Zobel, o Kiefer (Figuras 2
y 3) La propuesta de trabajo posterior aún logra sorprenderles un poco más.
Salimos a la calle y pintamos en la calle, del natural, con acuarela y sin
dibujo previo (Impresionismo puro). Luego han de trasformar la imagen en otra
totalmente abstracta a través de cuatro pasos intermedios, en progresión.
Pasado el susto, la desconfianza y después de las sesiones de trabajo, la
mayor sorpresa llega con la observación de los resultados finales, de sus
propias obras. Sobre todo porque el resultado de ese camino les llega a
parecer lógico. Y les agrada. Y hasta lo entienden. Han encontrado un camino.

“Ningún
artista desea probar nada.
Hasta
las cosas ciertas pueden ser probadas”[5]
Segundo
axioma. Me remito a la idea más o menos consensuada de que la obra de arte es
un ejercicio estricto de habilidad, para el que no todos los mortales están
capacitados y que ensalza a su autor a la vez que recibe de él el aval
necesario para ser susceptible de figurar, por ejemplo, en un museo. De ser
conservada para la posteridad trascendiendo temporalmente a su propio creador.
La
concepción del arte según ese criterio “admirativo” –sea del artista o
de la obra- es la manifestación de una no siempre sana envidia hacia
cualidades ajenas que nunca se tendrán y una calificación moral del propio
autor de la obra admirada. Lo que el romanticismo tiñó de genialidad
aleatoria, ante la que el individuo en cuestión poco o nada tenía que hacer
ni a favor ni en contra, fue
justificado anteriormente como resultado no sólo de su virtuosismo sino de su
propia virtud. Sea porque debe enfrentarse a un mundo hostil contra el que
combate, incomprendido, desde la soledad de su estudio o porque debe erigirse
en un referente de la moralidad que manifiestan sus propias creaciones, el
artista que realiza el arte bueno es el que ejecuta el arte difícil: el que
se consigue tras sobrellevar trabajos heroicos en los que la moral es un
atributo más de la belleza.
Por
ello ¿Qué mérito tiene un paisaje de Antonio López cuando alguien siembra
la duda de la posible utilización, en su trazado, de una diapositiva
proyectada sobre el lienzo en blanco como técnica de ayuda al igual que
hicieron los representantes del hiperrealismo y fotorrealismo norteamericano?[6]
¿Cómo valorar la obra de un escultor contemporáneo que realiza una maqueta
de pocos centímetros de altura, en escayola, y que más tarde veremos erigida
en una plaza pública? ¿Le resta mérito la intervención de los operarios de
un taller de fundición que han aumentado su tamaño hasta los veinte metros?
¿Cómo valorar la aportación inestimable del conductor del camión-grúa que
la ha depositado en su emplazamiento? ¿Y la de los jardineros que la han
rodeado de césped y algunas especies de arbustos autóctonos? ¿Y la del
Ingeniero de Obras Públicas que diseñó la nueva rotonda para los automóviles?
¿Son acaso tan
diferentes estos métodos e los utilizados en cualquier taller de escultura a
lo largo de la historia? ¿Eran los propios pintores de renombre quienes
tensaban las telas en los bastidores, quienes molían los pigmentos y
elaboraban las pinturas, quienes trasladaban al lienzo los cartones, quienes
ejecutaban las primeras manchas? ¿Qué labor llevaban a cabo los escultores
afamados más allá de la realización del boceto en terracota algunas veces
ni tan siquiera de tamaño similar a la definitiva obra en mármol en la que,
en ocasiones, ni tan siquiera
intervenían? O ¿Qué punto de verdad existía en los retratos reales, en las
arquitecturas expresadas en los cuadros, en los movimientos de los animales o
en los colores de una puesta de sol? Aunque personalmente no considero en modo
alguno estas circunstancias como posibles atenuantes del posible disfrute de
estas obras, creo me detendrá en algunas anécdotas desmitificadoras de entre
las muchas que acompañan a la producción que podemos contemplar en los
museos.
Nos
encontramos frente a una obra del
siglo XVII en la que se nos describe una escena bucólica ambientada en el
puerto romano de Ostia. Su autor, Claudio de Lorena,
aborda el embarco de Santa Paula rumbo a Palestina para encontrase con
San Jerónimo, recién enviudada, según la historia en la alborada de un día
de 385. Es evidente que nada de la arquitectura se corresponde con la que
probablemente se erigiera en ese puerto en esa época y que algunos edificios
se utilizan de manera alegórica, pero el encanto de la luz que emerge del mar
en el fondo del cuadro es tal que poco importa. La imagen trasmite una sensación
de melancolía tal vez muy similar a la que sentirían los hijos de la santa
que la despedirán minutos después desde el muelle. Tal vez lo que menos
importa es que todo ese realismo se desvanece cuando observamos un mapa de
Italia: el puerto de Ostia está enclavado en la costa Oeste donde
evidentemente nuca veremos amanecer ¿Hemos sido, pues, engañados?
No
abandonemos el Museo del Prado. Durante los casi dos siglos que lleva expuesta
hemos admirado en “Las Hilanderas” (1657) unos añadidos no sólo no
pintados por el propio Velázquez, sino ni siquiera imaginados por él y que,
es más, desvirtúan completamente la apreciación del conjunto de la obra. Se
trata de unas franjas de lienzo que aparecen en los laterales y en la parte
superior. En este caso, formando un arco que convierte la escena del último
plano en una nueva habitación. Aunque la mayoría de los críticos coinciden
en pensar que se trata de uno de esos recursos intelectuales que caracterizan
sus obras ya desde “La Mulata” que se expone en Dublín (1617) o “Cristo
en casa de Marta” (hacia 1618), en los que el tema importante del cuadro se
traslada al fondo (lo que se conoce como “el cuadro dentro del cuadro”),
el debate se ha mantenido entre los que defienden que –no obstante- se trata
de una estancia diferente y los que afirman que toda la escena que
contemplamos no es más que un tapiz[7].
Algo sobre lo que un espectador
no demasiado iniciado no podrá, tal vez, decantarse: los conservacionistas se
niegan a retirar los añadidos y la obra se sigue exponiendo con ellos (Aunque
teóricamente se alterne ocultando los bordes bajo la pared)¿Qué es lo
esencial en este cuadro de Velázquez? A mi modo de ver, más que el
portentoso dibujo del movimiento de la rueca, el recurso intelectual de situar
el interés del cuadro lejos de la primera mirada del espectador. Como un año
antes habría hecho sacando de “Las Meninas” al motivo principal del
cuadro, los Reyes. Haciendo que el espectador ocupara su lugar. Reflejándolos
en un espejo. Y esa y no otra es la gran diferencia entre “Las Meninas”
del Prado y las expuestas en el Kingston House de Dorset. Que al desaparecer
la imagen de los reyes, ha desaparecido también el contenido del cuadro. Y ¿Qué
es lo que se le ha hurtado al visitante del museo durante estos últimos
doscientos años? La posibilidad de decidir con todos los datos en la mano qué
era lo que en realidad estaba viendo.
La
verdad y la mentira han jugado una interminable partida de cartas en la
historia del arte, pero no sólo como cualidad formal de la obra, sino como
parte de su propio significado. Tengo la impresión de que, no obstante,
alguna de ellas ha utilizado cartas marcadas, que no siempre se ha estado en
igualdad de condiciones. Que lo que se ha visto o creído ver, tal vez no era
lo que aparecía exteriormente en el cuadro. Como
lo prueba el hecho de que no conservemos ninguna obra pictórica del pintor más
afamado de la antigüedad y, sin embargo, gracias a la literatura que le ha
acompañado, sigamos teniéndole en uno de los más altos puestos del Olimpo.
Aunque Apeles, contemporáneo de Alejandro Magno y deudor en parte de él por
su fama, no conociese otra cosa que el temple como técnica pictórica. Y,
como cualquier iniciado sabe, este tipo de pintura al agua en modo alguno
llegue a emular, ni de lejos, las
cualidades representativas de las sustancias oleosas introducidas en la
historia de la pintura por los flamencos, veinte siglos más tarde.O que el
conocimiento de la escultura griega, realizada de forma original mediante un
sistema aditivo –como es el modelado en arcilla- y vaciada en bronce,
generalmente con pátina oscura y algunas notas de policromía en el rostro,
nos haya llegado a través de unas copias romanas en mármol, blanco e
impoluto, obtenidas por un método de sustracción como es la talla. Y que, de
este conocimiento, surgieran los principales hitos de la escultura moderna,
desde el Renacimiento al Neoclásico, que voluntariamente renunciaron al uso
del color y con prioridad se decantaron por el uso de la piedra[8].O
que al acercarnos a la Acrópolis, nos admiren unas construcciones blancas que
originariamente aparecían abigarradas de colores primarios, un tanto
estridentes por cierto, ante los ciudadanos de Atenas. Casi prácticamente
como toda la arquitectura del mundo Antiguo o como las portadas policromadas
de las catedrales, que hoy nos admiran pos su uniforme gris-piedra verjurado
de hongos, de verdín, de humos.O que creamos ver en los mármoles de Rodin el
pálpito de su genio, una supuesta frescura que tan sólo tenían sus modelos
en barro y, por ende, sus vaciados en bronce, pero nuca sus creaciones en mármol.
Básicamente porque él jamás labró la piedra es más, según Wittkower[9]
(1980) incluso era reacio a cualquier trabajo de cantería. Como ocurría en
cualquier taller de escultura desde la época griega, una vez terminado el
modelo en barro y siempre que éste tuviera el tamaño que se quería dar a la
obra definitiva, los aprendices realizaban un vaciado en yeso de la figura.
Posteriormente trasladaban a la piedra la pieza resultante siguiendo
cualquiera de los métodos conocidos: los compases griegos (más frecuente
para modelos pequeños que se deseaba ampliar), las tinas de agua casi
exclusivas de Miguel Ángel o los métodos renacentistas de Carradori o
Vasari, evolucionados –a su vez- de la antigüedad clásica y que aparecen
descritos en numerosos. En alguna ocasión la escasa pericia de los ayudantes
provocaba que las marcas de referencia apareciesen excesivamente hundidas
resultando luego imposible eliminarlas.
Volvamos
sobre el tapete y demos la vuelta a la carta. Tal vez eso nos ayude a
desencumbrar al artista, en primer término, de la imagen de ideal romántico
que tal vez le acompaña no siempre justamente.
Si
nos interesan sus méritos profesionales, no habremos de considerarle de una
manera aislada, ni con respecto al mundo, ni a su propia persona.
Prescindiendo de la pintura impresionista y de alguna de sus consiguientes
vanguardias pictóricas, el trabajo del pintor o el escultor siempre estuvo
acompañado de un conjunto de operarios ya desde los orígenes gremiales y
artesanales de su actividad. Nada hay de extraño en conocer que cualquier
proyecto de grandes dimensiones que se ejecuta en la actualidad, sobre todo si
pasa a ser obra civil, abandona el estudio del escultor o pintor en una caja
de poco más de un metro cúbico o en una carpeta formato DIN A-2. Y ahí
acaba su trabajo, como acaba el del arquitecto con la ejecución de los planos
y no en la colocación del forjado de los cimientos ni en el izado de la
estructura o los muros de ladrillo. O el del más prestigioso cirujano con la
extirpación del tumor. No será él quien suture la herida, como tampoco fue
él quien realizó el preoperatorio, ni comenzó a abrir la herida. aunque
permanezca en la sala de operaciones hasta que concluya la operación, cosa no
siempre habitual ni probablemente necesaria ¿Por qué esperar y exigir del
artista un comportamiento distinto?
Si
contemplamos la práctica artística como actividad de ocio de cualquier
persona, despojarla de esas atribuciones cuasi-geniales es una clara opción
por una idea democratizadora de las prácticas artísticas, al margen de que
profesionalmente pudieran aplicarse aquí determinados reproches de intrusismo
en los que no voy a detenerme.Si hablamos específicamente de razones de enseñanza
¿Por qué considerar las cualidades artísticas distintas del resto de
capacidades? Si éstas son solo don de unos pocos elegidos, estamos afirmando
que no todos los individuos pueden ser educados en depende qué áreas. Y esto
se puede interpretar como que carecen de cualquier tipo de cualidades para
ellas o que no merece la pena someterle a según qué disciplinas.
Evidentemente no comparto ninguna de estas aseveraciones. No pretendo que mis
discípulos sean artistas reconocidos, de la misma manera que el profesor de
Educación Física no busca formar atletas de élite ni el de Ciencias obtener
una futura promoción de premios Nobel. Pero sí quiero que rindan en mi
asignatura como lo hacen en el resto: según sus capacidades que serán
mayores o menores, tal vez excepcionales...pero nunca nulas. Y que, a su
formación global, contribuyan también las facetas artísticas. Y los que se
dediquen a esta profesión en el futuro, lo transmitan así a sus alumnos
(Como marca la Ley)[10].
Y los que no, que las utilicen para ser mejores hombres o mejores mujeres.
“El
molino ya no está,
pero
el viento sigue todavía”[11]
En la Facultad de Bellas Artes de Madrid, frente a la biblioteca, se
cuelga un lienzo de proporciones colosales. En cierta ocasión nos contaron en
clase que era una perfecta reproducción de una obra de Andrea Mantegna, que
se había perdido de manera que ahora, a su valor como copia, sumaba el hecho
de ser la única pista fiable de la obra original. En uno de sus ángulos
inferiores, un pintor anónimo había dibujado unos bigotes y una barbita cuya
identidad con el cuadro era tal que las autoridades académicas no habían
considerado oportuno retirarlos. No sé si desvergüenza o acierto estético,
lo cierto es que el graffiti ha pasado a ser parte de esa la memoria gráfica
de los estudiantes de esa Facultad.
Esa
nueva visión se me antoja imprescindible. Creo que, para desgracia de todos,
las actividades artísticas en la escuela se resumen en un entretenimiento que
acompaña la celebración de determinadas onomásticas de no muy claras
motivaciones. Por ello, no sólo no es demasiado importante qué hacer, sino
quién dirige el desarrollo de esa actividad.
No quisiera acabar con una nueva crítica, esta vez de un sistema
educativo que no prepara adecuadamente a los maestros encargados de llevar a
las aulas las enseñanzas artísticas, sino más bien con lo que creo es
consecuencia lógica de todo lo anterior (y tal vez más cosas) Me limito a
constatar el hecho de que el Área Artística esté contemplada en la Enseñanza
Primaria y no tenga una titulación de Magisterio correspondiente. Y que las
horas que se imparten en los actuales planes de estudio sean menos de la mitad
de la que configuraban los programas de planes anteriores. Albergo la
esperanza de que no existan razones demasiado claras para ello. Si así lo
fuera, me parecería aún más desalentador.Otto
Pächt[12]
afirmó que “en el principio fue el ojo, no la palabra”. Si no
consideramos prioritario educar la mirada consecuentemente no vamos a educar
tampoco la comprensión de la realidad a la que se mira. Si lo que esa
comprensión manifiesta a través de determinadas creaciones no encuentra el
cauce adecuado ni para su realización ni para su enjuiciamiento, será difícil
mantener el interés de las personas que realizan esas actividades. Si se
pierde el interés, se dejarán de ejercitar esas capacidades. Si se abandona
la práctica, se atrofia el miembro. La mirada con anteojeras sólo nos deja
ver una porción parcial del camino.
Cuando
los hombres primitivos marcaron en sus territorios extraños dibujos para los
dioses, probablemente esperaran que les fueran propicios. Se sabían
observados y poco importaba que hasta la aparición de la aviación nadie
nunca llegase a contemplar los dibujos realizados en el desierto de Nazca. El
Land-Art de los años 70 recogió esa herencia con la seguridad de que la foto
aérea garantizaba el legado de su obra y con la incertidumbre de que tal vez
los dioses no estuvieran arriba para observarla (Figuras 4 y 5). El
utilitarismo que contagia la sociedad no se si es un síntoma o una
consecuencia pero es, sin duda, uno de los condicionantes que nuestra profesión
debe considerar. Desde las perspectivas de la docencia no es difícil
substraerse al hecho de que el dibujo (entendido como mera actividad no-útil)
es una de las mayores gratificaciones que el niño experimenta en sus primeros
años de vida. También cuando se lleva a cabo en el medio escolar. Antes que
la escritura, que el ejercicio de razonamiento lógico, que otros muchos
procesos, se lleva a cabo ese
extraño romance entre una hoja de papel y la práctica totalidad de los seres
humanos. También es algo que le distingue del resto de las especies, como el
uso de sus manos, como decorar inútilmente los instrumentos que usa para
satisfacer sus necesidades. Sin embargo, durante el proceso de escolarización,
abandona esas prácticas y, en su mayor parte, se convierte a los diez u once
años, en un individuo que se expresa plásticamente con unas formas
estereotipadas que apenas han evolucionado desde el final de la Ed. Infantil.
Y, lo que es más triste, que no cambiarán más a lo largo de su vida ¿Puede
hablarse con rigor de que no existían cualidades en una actividad que todos
los niños llevan a cabo de manera espontánea y universal? ¿Carecía del
entusiasmo y el vigor necesarios para profundizar en su conocimiento? ¿Le era
más difícil utilizar los elementos gráficos para expresarse, cuyo
fundamento ya conocía, que los simbólicos o los sígnicos, para él
desconocidos?
Presiento que han sido más nuestras incapacidades y no las suyas las
responsables de este fracaso. Me
consuela al menos saber que el viento sigue soplando. Y sopla donde quiere.


Bibliografía
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Estética” Madrid: Tecnos
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Historia y Antología de la Estética” Barcelona: Ariel
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Barcelona: Idea Universitaria
VORÁGINE, S de la (1989) “La
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Escultura, Procesos y Principios” Madrid: Alianza
WOLFE, T (1976) “La Palabra
Pintada” Barcelona: Anagrama
Catálogos
“ANTONIO LÓPEZ” (1993) (Exposición Antológica) Madrid: MNCARS
“KANDINSKY Y MONDRIAN, DOS CAMINOS HACIA LA ABSTRACCIÓN” (1994)
Madrid: Fundación “La Caixa”
“VELÁZQUEZ” (1990) Madrid: Museo Nacional del Prado
Ilustraciones
Figura 1: “Esto no es una Pipa”,
René
MAGRITTE (1928) Los Ángeles, County Museum of Art
Figura 2:
“Agricultural lanscape near Scottsbluff”, fotografía aérea de Georg
GERSTNER (1975) Nebraska ,USA
Figura 3 “Medición individual de la altura de
las capas” Paul
KLEE (1930) Berna: Fundación Paul Klee
Figura
4: “Spiral Jetty”, Robert
SMITHSON (1970) Utah, USA
Figura 5: “El
Gran Colibrí”
Anónimo (100 a. J.C. –550 d.J.C.)
Nazca, Perú
[1] Bajo este epígrafe de la Epístola a los Pisones de Horacio se ha desarrollado toda una teoría que asimila las propiedades narrativas de pintura a las virtudes que se le presuponen a la poética o, más en general, a la literatura. Para una mejor comprensión de la misma, me permito remitir al lector a la bibliografía que acompaña a estas líneas.
[2] Se ha de suponer no obstante que, por la época, técnicamente el soporte no era una tela, sino un muro o una tabla
[3] GIVONE, S. (1990) “Historia de la Estética” Madrid: Tecnos
[4] Es curioso que ese libre albedrío generalizado que se aplica a todos los ámbitos de decisión individuales no se acepte en los artistas que no pintan como supuestamente se debe. Este arte-ciencia ¿es una continuación de la idea del arte deshumanizado? ¿Adolecen el arte contemporáneo y sus espectadores de la espiritualidad ya pretendida por Kandinsky a principios del XX ? ¿Sería una solución enfrentarnos a él desde esa “nueva” mirada?
[5] WILDE, O Del Prólogo de “El Retrato de Dorian Gray”, cuya lectura y subrayado recomiendo encarecidamente
[6] He tenido la oportunidad de encontrarme con Antonio López mientras pintaba algún rincón de Madrid (concretamente “La Gran Vía” (1974-81). Creo que es algo con lo que se han “topado”, además, gran parte de mis conciudadanos y está plasmado en instantáneas que recogen el proceso de trabajo en diversas localizaciones, con lo que ese reparo posiblemente no esté bien fundado (Suponiendo que constituyera un reparo para mirar y admirar la obra de Antonio López o la de cualquier otro pintor) Pese a todo, se aprecian en alguna de sus obras (La misma “Gran Vía-Clavel” (1977-90) o “Casa de Antonio López Torres” (1972-75)) unas deformaciones cóncavas de las partes extremas , muy similares a las producidas fotográficamente al trabajar con un objetivo gran angular. Deformaciones, no obstante, que también se manifiestan cuando se realiza un dibujo de perspectiva ayudado de manera rigurosa con una ventana de Leonardo (o de Durero, o Vasari) y se debe a la formación cóncava de la imagen que se produce en el ojo por su propia fisiología.
[7] Julián Gállego, en el Catálogo de la exposición antológica de Velázquez 1990, atribuye a Harris la interpretación de la escena como tapiz, algo que también hace Camón-Aznar, y a Tolnay, Trapier, Azcárate y Ángulo como de una habitación. No obstante, los dos primeros consideran en ella dos planos: uno para los personajes de Minerva y Aracne y otro para el tapiz del fondo, mientras que los dos últimos los creen dentro de ese mismo tapiz.
[8] A ellos hay que sumar que existía un desprecio ante las obras policromadas, generalmente en madera, también por la temática religiosa que las caracterizaba casi de manera exclusiva. El uso de la piedra y el no uso del color era también una reacción de afirmación del carácter laicista del digamos “arte serio”..
[9] WITKOWER, R (1980)“La escultura, procesos y principios” Madrid: Alianza
[10]
Entiendo incluso que serán parte importante de esa formación humana,
aunque recientes contrarreformas educativas (sobre todo en los niveles de la
E.S.O.) piensen (¿piensen?) lo contrario.
[11] VAN GOGH, V (1988) “Cartas a Theo” Barcelona: Idea Universitaria. Pág. 125
[12] PÄTCH, Otto. (1986) “Historia del Arte y Metodología” Madrid: Alianza