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  ISSN: 1695.4297

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"El multiculturalismo ¿gangrena de la sociedad? ¿existen culturas con quienes no se puede convivir?"

Tomás Calvo Buezas
Catedrático de Antropología Social, UCM
Director del Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo, CEMIRA

 

El tema del multiculturalismo ha saltado a la opinión pública en España, en los últimos años, particularmente en dos ocasiones. En abril del 2001, con motivo de la presencia entre nosotros del reconocido pensador italiano Giovanni Sartoni, presentado como el "príncipe de la ciencia política de la izquierda liberal de Europa", se suscitó un debate y una cierta conmoción en la opinión pública, que ha podido servir en algunos sectores como armazón ideológico para atrincherarse en posiciones y actitudes reaccionarias, cuando no xenófobas, precisamente por venir de un reconocido y combatido intelectual de izquierdas.
La segunda ocasión en que se ha presentado el debate público ha sido en los primeros meses del 2002 con motivo de las declaraciones del antropólogo Mikel Azurmendi , Presidente del Foro de la Inmigración, presentando el multiculturalismo como "grangena de la sociedad" democrática. Entre esos dos debates, habría que situar a nivel mundial el pavor ante el macro-terrorismo cometido por los funsamentalistas agresivos islámicos de Bin Laden, y la anterior ideología propagada por el norteamericano Samuel Huntington en su conocido libro Choque de civilizaciones (1997), enfatizando que los conflictos del futuro serán principalmente entre Occidente y Oriente, quien visualizó la globalización, como un imperialismo de Occidente, que intenta imponer al mundo una cultura materialista, individualista, inmoral e irreligiosa, contra el cual hay que defenderse. A nivel nacional, habría que añadir en el debate del multiculturalismo el incidente público ante la permisividad o no de poder llevar el pañuelo las alumnas musulmanas en los colegios. Demasiadas cuestiones, de muy distinto calibre e importancia ética y política, con distintos niveles de discusión ideológica y académica que han producido -en mi opinión- más confusión que claridad en el necesario diálogo intercultural entre religiones y civilizaciones diferentes. Intentemos exponer, en primer lugar, el debate sobre el pensamientos y libro de Giovanni Sartori, ya que la posición de Mikel Azurmendi es fundamentalmente una repetición "a la española" de las mismas perspectivas teóricas-ideológicas.
El pensamiento y el libro La sociedad multicultural (Taurus, 2001) es mucho más complejo y refinado, pero los titulares de los periódicos y propaganda del libro, así como sus expresiones vivaces y valientes, huyendo de lo políticamente correcto, pueden incitar -tal vez sin desearlo el autor- a interpretaciones que fomenten el nuevo fantasma europeo, que ha sustituido al "coco" del comunismo, por la amenaza de la islamofobia, que reduce e identifica a la inmigración magrebí con la religión islámica, reduciendo injustamente la religión del Dios Bueno y Misericordioso a la perversión minoritaria del fanatismo integrista de los talibanes violentos. He aquí algunos titulares de una entrevista de Hermann Tertsch en El País (8-IV-2001): "La inmigración sin límite es una amenaza" ... "la llegada incontrolada de inmigrantes que no quieren integrarse supone un riesgo para el pluralismo y la democracia" ... "El multiculturalismo en sí es una ideología perniciosa, porque fragmenta, divide y enfrenta" ... "Mucho político debería tener más en cuenta la ética de la responsabilidad frente a la fácil ética de los principios". Y dentro de la entrevista tiene afirmaciones tan radicales y taxativas, como las siguientes: "En cuanto al argumento de que la civilización actual y el Islam actual son fundamentalmente incompatibles, creo que es cierto y estoy dispuesto a defenderlo", añadiendo "el Islam que pasa ahora por un fuerte renacimiento, es, yo diría hoy que absolutamente, al cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta en Occidente.... Los principios de las dos culturas son antagónicas y son ellos los que nos consideran a nosotros los infieles aunque estén aquí (en Europa), no nosotros a ellos". Según Giovanni Sartori, hay tres criterios para establecer la supervivencia en la diversidad. El primero es "la negación del dogmatismo, precisamente todo lo contrario de lo que predica el Islam". El segundo es "que ninguna sociedad puede dejar de imponer el principio de impedir el daño y esto supone que todas nuestras libertades siempre acaban donde supondría un daño o peligro del daño al prójimo". Y el tercero y quizás más importante es el de la reciprocidad. La reciprocidad dentro de la doctrina de la tolerancia supone que no podemos ser tolerantes con la intolerancia. Yo soy tolerante como anfitrión, pero tú tienes que serlo asimismo desde tu papel de huésped. La religión católica ha sido mucho tiempo intolerante, hoy no se lo puede permitir... Pero el Islam sigue pensando en el poder de la espada". En otra declaración suya (El País, 6-IV-2001) relaciona esta incompatibilidad del Islam con el tema de los inmigrantes musulmanes en Europa: "La distancia cultural es un elemento fundamental para calibrar la inmigración. Y el Islam representa el extremo más alejado de Europa por su visión teocrática del mundo. Sus creencias están en contra del sistema pluralista".
En su libro La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (2001) trata fundamentalmente de la crisis del melting pot americano y la crítica al multiculturalismo académico de los Estados Unidos y a la política del affirmative action, que refuerzan la tendencia a fabricar la diversidad y a crear guetos cerrados e impiden a las minorías étnicas atravesar las fronteras interculturales. De ese "peligro" y desintegración multicultural, intenta prever G. Sartori a la sociedad europea, que es distinta a la americana, con una cultura occidental firme, que no debe ser amenazada pro una inmigración incontrolada y la concesión de derechos de ciudadanía a extranjeros de difícil o imposible integración, como los musulmanes. El autor aboga por una sociedad plural, pro no multicultural, porque "el multiculturalismo no persigue una integración diferenciada, sino una desintegración multiétnica", según se dice en la contraportada del libro: "A partir de esta premisa el libro se pregunta hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin disolverse a "enemigos culturales" que la rechazan. Porque todos los inmigrantes no son iguales. Y porque el inmigrante de cultura teocrática plantea problemas muy distintos del inmigrantes que acepta la separación entre religión y política. El análisis teórico sirve aquí para encuadrar los problemas prácticos que comentaristas y políticos están afrontando con inconsciente ligereza. Y es que Sartori no se deja hechizar por los lugares comunes de lo "políticamente correcto". Y la propaganda de la faja de papel que rodea el libro tiene estas frases provocadoras y ganchos publicitarios "No todos los inmigrantes son iguales ¿Debe la sociedad pluralista ser tolerante con sus "enemigos culturales?".
El debate en torno al libro y a las declaraciones del autor saltaron a la opinión pública. El mismo periódico de El País (6-V-2001), que le ha servido de tribuna cualificada y generosa de publicidad, dedicó una página de OPINIÓN, titulado ¿Hay una inmigración imposible de integrar?". Al debate fueron invitados dos especialistas: el profesor Joaquín Arango y el eurodiputado Francés Samir Naïr. Bajo el título "Trato igual", J. Arango cuestiona la imposibilidad de que se integren algunos inmigrantes, según se desprende el libro de Sartori, cuando "pertenece a una cultura fiderista o teocrática" y que "las diferencias étnicas producen "extrañezas insuperables". Estas afirmaciones de Sartori, dice certeramente Joaquín Arango, han producido "un debate estéril, mal planteado y, para sociedades como la española o la italiana, en una fase incipiente del proceso que las va a convertir en pluriétnicas y multiculturales, extemporáneo; un caso de acento mal situado", según J. Arango. Y añade: "No parece que el debate, tal como se ha planteado, conduzca a parte alguna. Pero, además, el juicio de hecho sobre el que reposa es harto cuestionable: cualesquiera que sean las dificultades que obstaculizan la integración de las minorías étnicas, no parece que el diagnóstico de inintegrabilidad describa adecuadamente la realidad de los paquistaníes en el Reino Unido, los turcos en Alemania u Holanda o los magrebíes en Francio o Bélgica".
Sami Naïr es muchísimo más contundente y duro con estos peligrosos planteamientos, y sin hacer referencia explícita a G. Sartori, escribe en su artículo titulado "No a otra limpieza de sangre".
"Después de la guerra se decía de los inmigrantes españoles en Francia, Bélgica, Alemania y Suiza que no se podían integrar en la sociedad moderna europea: "demasiados ruidosos", "demasiado violentos". "Entre los años sesenta y ochenta volvimos otra vez con la misma... con respecto a los inmigrantes magrebíes en Francia y en Bélgica. Los indios y los paquistaníes no estaban mejor parados en Inglaterra. Hoy día se escupe el mismo veneno en España. Y es que siempre se es "imposible de asimilarse" para alguien. Pero hay, sin embargo, una diferencia cualitativa: nunca ningún Gobierno europeo, al menos desde la II Guerra Mundial, ha osado sostener este discurso oficialmente. Ahora bien, la insistencia actual de algunos responsables gubernamentales españoles sobre la "diferencia cultural" de los musulmanes y, en cambio, su apología de la proximidad cultural de los suramericanos es extremadamente inquietante. Corresponde a una política de visados discriminatoria y de tratamiento social particular que tiene algo de racismo de Estado. Sin embargo, los inmigrantes musulmanes han demostrado en toda Europa una capacidad de adaptación excepcional, sus hijos se integran rápidamente y su contribución a la cultura europea ya es reconocida por todos. El caso de Francia lo demuestra ampliamente. Los cristianos franceses, que expresaron tan a menudo una gran solidaridad con los inmigrantes musulmanes, lo han comprendido bien. El debate actual en España sobre este falso problema es indigno. Indigno de España, que da la impresión, después de los acontecimientos de El Ejido, de no haber liquidado su pasado racista, y dictatorial: indigno de élites políticas españolas que invocan todavía más "ruidosamente" un europeísmo de fachada, mientras cierran los ojos a la barbarie en aumento en el país; infamante, en fin, para los propios inmigrantes de confesión musulmana, ofrecidos como pasto a una opinión pública desorientada y a menudo influida por prejuicios malsanos".
"El aumento del flujo de inmigrantes llegados a España en los últimos años y el proceso de su integración social en el país han despertado distintos debates -ya desarrollados en otros países europeos- sobre este fenómeno universal. Junto con la discusión sobre la situación legal de los inmigrantes, desencadenada por la reciente Ley de Extranjería, hay otros aspectos del fenómeno que merecen una consideración serena y positiva. Entre ellos, el de si existe -como señalan algunas opiniones- una inmigración "imposible de integrar" en función de su religión o sus costumbres"

Y termina Sami Naïr con esta reflexión ética: "La España que nosotros amamos no puede ser ensuciada por los nuevos apologistas de la limpieza de sangre".
Desde otra ladera ideológica-política, como es el ABC, el 11 de abril de 2001, en un magnífico artículo de fondo, bajo el título "¿Qué hacemos con los inmigrantes?" José María Martín Patino, Presidente de la Fundación Encuentro, se refería a este debate con estas reflexiones: "La versión castellana del ensayo de Giovanni Sartori "Pluralismo, multiculturalismo e estranei", es decepcionante, al menos para los entusiastas como yo del viejo politólogo italiano. Es inevitable que me refiera a este escrito con la mayor brevedad posible. Ante un problema tan grave y complejo, no se puede describir la "sociedad pluralista" como una Arcadia feliz, ni la "multicultural" como un infierno. Ambas formas de sociedad están vivas en nuestra vieja Europa y sin fronteras definidas. Lo que tenemos que plantearnos es cómo convertir la sociedad "multicultural", esa mera yuxtaposición de etnias, culturas y religiones en una sociedad pluralista. No existe ningún pueblo que esté libre del racismo y de la xenofobia. Invocar los riesgos del multiculturalismo, cómo hace Sartori, para poner fronteras a la inmigración, no deja de ser una simpleza".
En Europa -y España- se hace cada vez más urgente y necesario, a todos los niveles, el diálogo creciente entre el cristianismo y el Islam, como hace años fuera fructífero para ambas ladera ideológicas el diálogo entre comunistas y cristianos. Este diálogo va más allá del ecumenismo religioso, y esta cimentado en factores demográficos, sociológicos, culturales y políticos: dos tercios de los inmigrantes residentes de la Unión Europea profesan la fe musulmana, una población que supera los 10 millones de personas; en algunos colegios de Berlín son más los niños turcos que alemanes y en Bruselas la mitad de los niños que nacen son hijos de magrebíes. En Birmingham (Inglaterra) el 10% de la población es musulmana. En Francia algunos demógrafos han comparado la tasa de natalidad que se dan en las familias de cultura cristiana y las de familias islámicas, concluyendo que dentro de un cuarto de siglo los musulmanes representarán una cuarta parte de la población total.

Helmut Schmidt, Ex presidente de Alemania, en su reciente obra, La autoafirmación de Europa: Perspectivas para el siglo XXI (2002), nos hace ver la cercanía del Islam, 300 millones viven cerca de nosotros, desde Marruecos hasta Egipto, e incluso dentro de Europa se incrementara notablemente el número de ciudadanos europeos musulmanes, con la entrada en la Unión de Turquía y otros países del Este, de forma que a finales del siglo XXI habrá tantos turcos como alemanes y franceses juntos. Por todo eso, afirma Helmut Schmidt, "los europeos debemos respetar la identidad religiosa y cultural de nuestros vecinos islámicos, entre otras razones para conversar a largo plazo nuestra propia identidad europea".
Ante esas cifras y previsiones, algunos se asustan y temen una nueva versión de la invasión turca de la Europa cristiana. Si queremos construir una Europa democrática, todos los pueblos, culturas y religiones deben por igual de caber y participar, cumpliendo todas sus obligaciones constitucionales, con respecto a los Derechos Universales Humanos y a los valores democráticos de toda sociedad libre, pacífica e igualitaria.

Mikel Azurmendi, antropólogo vasco y Presidente del Foro para la Integración de los Inmigrantes, autor de "Estampas de El Ejido" (2002), ha hecho declaraciones públicas, incluidas las efectuadas ante el Senado, causando un cierto revuelo, terminando el debate en mayor confusión que en clarificación del fenómeno, y sirviendo -independientemente de las buenas intenciones del autor- de un reforzamiento de las posiciones xenófobas contra los inmigrantes, particularmente contra los marroquíes y musulmanes. En un artículo suyo ("El País", 23-II-2002), titulado Democracia y cultura, expresa opiniones como las siguientes:

"Se llama ahora multiculturalismo al hecho de que en el seno del mismo Estado de derecho coexistan una cultura democrática, por ejemplo la nuestra cultural, con otra u otras culturas no necesariamente democráticas. Es decir, cuando junto a nuestro actual tejido social de civismo laico, pero colocadas de manera aparte y sin interactuar con él, estuviesen cohabitando conductas masivas de personas sin igualdad jurídica que interactuasen entre sí mediante recursos simbólicos de desigualdad y jerarquía; no en virtud de imparcialidad y derecho, sino de supeditación discriminante entre varón y mujer, mayor y joven, rico y pobre, clérigo y súbdito fiel. U otra cualquiera. Pero, por suerte, en España no existe multiculturalidad todavía aunque sí existen proyectos, mensajes o intenciones de crear multiculturalismo. Cuantos hablan de que los inmigrantes son etnias piensan -lo quieran o no- en algo multicultural, piensan en que grupos enteros de gente inmigrante se coloquen aparte, en ghettos o reservas y mantengan ahí su modo de vida colectivo de allí. Pero a España no nos llegan etnias, sino personas singulares con proyectos personales. Personas sueltas o con su familia que quieren mejorar su vida. Y por muy parecidas que sean unas y otras y tengan orígenes culturales similares, cada persona llega con su propio proyecto, a intentar realizarlo."

Y termina con esta afirmación radical: "El multiculturalismo es hoy una confusión teórica porque imagina que las relaciones son interétnicas, entre nosotros, los de la sociedad mayoritaria, y todos los demás, tomados en bloques étnicos minoritarios. Por eso como proyecto más o menos consolidado de relación interétnica en agrupamientos separados, unos al margen de otros, el multiculturalismo sería una gangrena fatal para la sociedad democrática."

Sobre esta cuestión, se han hecho declaraciones en contra, particularmente de los Partidos Políticos de izquierda y de las organizaciones no gubernamentales. También debates en la prensa, como el ofrecido por El País (24-II-2002) bajo el tema "Multiculturalismo e Inmigración", en el que participaron el diplomático José María Ridao, con su artículo " El oscurantismo reverenciado", y el periodista Hermann Tertsch con "Corrección política insensata". También Josep Ramoneda publicó su columna en el mismo periódico sobre este tema bajo el título "Contra el multiculturalismo piadoso". Desde una ladera crítica a la posición de M. Azurmendi, pueden verse los artículos de Mariano Fernández Enguita "La carga del hombre blanco" (El País, 11-III-2002), y el iluminador y sensato artículo de Joaquín Arango "De qué hablamos cuando hablamos de multiculturalismo" (El País, 23-III-2002)

¿Qué podemos concluir de tanto debate sobre el multiculturalismo?. Sin intentar "dogmatizar" sobre tal complejo poliédrico, difuso y multiforme fenómeno, yo me atrevería a sugerir lo siguiente. El multiculturalismo tiene muchos significados, variadas manifestaciones, múltiples variaciones según tiempos, espacios y sociedades, por lo que no puede reducirse a una sola forma concreta, "maldiciéndola" como gangrena de la sociedad o "bendiciéndola" acriticamente como paraíso piadoso. El multiculturalismo, fundamentalmente, hace referencia a un fenómeno social como es la convivencia en un mismo entorno geográfico-social, donde permanecen juntos grupos con distintas culturas. Esa convivencia de varias culturas puede ser un desafío y oportunidad excepcional para enriquecerse mutuamente y constituir una sociedad culturalmente más rica y desarrollada; el avance de las civilizaciones casi siempre ha sido resultado del mestizaje enriquecedor de distintos pueblos, culturas y etnias. Ese es el multiculturalismo que queremos para España, los que hemos apostado por una Europa pluricultural, multirracial y mestiza. Obviamente que esto exige, de ambas partes, una educación recíproca en la tolerancia, en la hospitalidad y en la apertura pluralista, respetando los derechos humanos, los valores democráticos y las leyes constitucionales de cada país. Y este proceso de educación y dialogo intercultural es largo, costoso, difícil, pero posible.


Este dialogo debe intensificarse aun más entre Oriente y Occidente, el Islam y el Cristianismo, entre las sociedades de larga tradición democrática y las de incipiente apertura democrática, con concepciones y costumbres diferentes en las relaciones familiares, en la participación cívica, en las libertades públicas. Occidente, y pensemos en España, ha sido también una sociedad teocrática, sin separaciones de Iglesia y Estado, con sumisión jurídica y fáctica de la mujer al hombre, sin participación democrática, con violencia religiosa intolerante como la Inquisición, con etnocidios y destrucciones de religiones y culturas. Y hoy hemos cambiado; las culturas no son bloques inamovibles, son procesos cambiantes. Y de hecho existen múltiples formas de vivir el Islam, y ser musulmanes, no debiendo identificar a todos con algunos grupos y prácticas deleznables e intolerables, que violan los derechos humanos, que deben ser salvaguardados a toda costa, condenando a sus agresores. Pero es injusto y falso reducir a todos los pueblos árabes e islámicos a esos fenómenos condenables, como tampoco es justo reducir la cultura de Occidente y el Cristianismo a ciertas injusticias y crímenes de guerra que se cometen dentro de sus fronteras geográficas-sociales.


En resumen el multiculturalismo es un bien enriquecedor para una sociedad, si recíprocamente saben dialogar interculturalmente, respetando unos valores y normas mínimas de convivencia, como son el respeto a los derechos humanos y a las leyes constitucionales. Ahora bien, en el caso de que existan grupos, sean de cultura-etnia distinta, o de la misma nación y etnia -caso banda armada y asesina de ETA- que imposibilitan la convivencia pacifica de una sociedad ("societas", compuesta por "socios"), entonces, en ese caso particular, podemos hablar del multiculturalismo como "gangrena de la sociedad". Pero eso es una versión perversa y puntual, específica y concreta, entre las variadas formas enriquecedoras del multiculturalismo. La reducción de todo multiculturalismo a este tipo perverso de multiculturalismo antidemocrático, es como reducir toda convivencia amorosa y matrimonial a un tipo de relación de pareja, que termina en los golpes, palizas e incluso en el asesinato de la mujer. Porque existan entre algunas parejas asesinatos, no se puede globalmente afirmar que el matrimonio es la gangrena del amor y el camino del asesinato. Pues, mutatis mutandis, ese mensaje implícito es el que capta la opinión pública, con afirmaciones -académicamente tal vez correctas o al menos discutibles- del profesor Mikel Azurmendi, que parece reducir toda forma variada de multiculturalidad y multiculturalismo a una versión o tipo particular, unido al apartheid o a la gethoización, a la teocracia, a la dominación de la mujer, a la ablación del clítoris, etcétera. Ese singular "multiculturalismo" ninguno lo queremos, pero otro es posible y deseable .

Me parece oportuno terminar con la opinión de Manuel Pimentel, ex-Ministro de Trabajo con el PP y responsable de Migraciones en su periodo de Gobierno; en su artículo titulado, "Inmigración: algunas preguntas y respuestas" (El País, 9-III-2002)

"¿Es bueno o malo el multiculturalismo?. La experiencia nos demuestra que el complejo concepto de multiculturalismo significa cosas distintas para personas distintas. Si por multiculturalismo entendemos que bajo una misma frontera convivan culturas distintas gobernadas por leyes propias y diferentes, no cabe duda que estaríamos ante un fenómeno negativo y disgregador, que ocasionaría graves desequilibrios en el futuro. Es mejor el principio del Estado de Derecho: un país, una ley. Si por multiculturalismo se entiende que cada persona pueda expresar su cultura, dentro del imperio de la ley del país receptor, estaríamos ante un hermoso ejercicio de libertad."

Nada mejor para mostrar la cara de un enriquecedor multiculturalismo, que la Declaración del Comité Español para el Año Europeo contra el Racismo, proclamada en Toledo (1997), que dice así:

"La riqueza en España, Europa (habría que añadir de Iberoamérica), desde hace siglos, se nutre fundamentalmente de la diversidad de sus tradiciones, culturas, etnias, lenguas y religiones, y de la certeza de que los principios de tolerancia y convivencia democrática son la mejor garantía de la existencia de la propia sociedad española y europea, abierta y pluricultural: diversa.
España, por su tradición histórica de convivencia entre pueblos y culturas, por su pertenencia al Mediterráneo, así como sus lazos con Iberoamérica, puede facilitar el establecimiento de modelos de relación multiétnicos y multiculturales. La realización de una sociedad democrática, social, plural y avanzada se fundamenta sobre el respeto de la dignidad igual de todos los seres humanos".


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