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"El multiculturalismo ¿gangrena
de la sociedad? ¿existen culturas con quienes no se puede
convivir?"
Tomás Calvo Buezas
Catedrático de Antropología Social, UCM
Director del Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo,
CEMIRA
El tema del multiculturalismo ha saltado a la opinión
pública en España, en los últimos años,
particularmente en dos ocasiones. En abril del 2001, con motivo
de la presencia entre nosotros del reconocido pensador italiano
Giovanni Sartoni, presentado como el "príncipe de
la ciencia política de la izquierda liberal de Europa",
se suscitó un debate y una cierta conmoción en
la opinión pública, que ha podido servir en algunos
sectores como armazón ideológico para atrincherarse
en posiciones y actitudes reaccionarias, cuando no xenófobas,
precisamente por venir de un reconocido y combatido intelectual
de izquierdas.
La segunda ocasión en que se ha presentado el debate
público ha sido en los primeros meses del 2002 con motivo
de las declaraciones del antropólogo Mikel Azurmendi
, Presidente del Foro de la Inmigración, presentando
el multiculturalismo como "grangena de la sociedad"
democrática. Entre esos dos debates, habría que
situar a nivel mundial el pavor ante el macro-terrorismo cometido
por los funsamentalistas agresivos islámicos de Bin Laden,
y la anterior ideología propagada por el norteamericano
Samuel Huntington en su conocido libro Choque de civilizaciones
(1997), enfatizando que los conflictos del futuro serán
principalmente entre Occidente y Oriente, quien visualizó
la globalización, como un imperialismo de Occidente,
que intenta imponer al mundo una cultura materialista, individualista,
inmoral e irreligiosa, contra el cual hay que defenderse. A
nivel nacional, habría que añadir en el debate
del multiculturalismo el incidente público ante la permisividad
o no de poder llevar el pañuelo las alumnas musulmanas
en los colegios. Demasiadas cuestiones, de muy distinto calibre
e importancia ética y política, con distintos
niveles de discusión ideológica y académica
que han producido -en mi opinión- más confusión
que claridad en el necesario diálogo intercultural entre
religiones y civilizaciones diferentes. Intentemos exponer,
en primer lugar, el debate sobre el pensamientos y libro de
Giovanni Sartori, ya que la posición de Mikel Azurmendi
es fundamentalmente una repetición "a la española"
de las mismas perspectivas teóricas-ideológicas.
El pensamiento y el libro La sociedad multicultural (Taurus,
2001) es mucho más complejo y refinado, pero los titulares
de los periódicos y propaganda del libro, así
como sus expresiones vivaces y valientes, huyendo de lo políticamente
correcto, pueden incitar -tal vez sin desearlo el autor- a interpretaciones
que fomenten el nuevo fantasma europeo, que ha sustituido al
"coco" del comunismo, por la amenaza de la islamofobia,
que reduce e identifica a la inmigración magrebí
con la religión islámica, reduciendo injustamente
la religión del Dios Bueno y Misericordioso a la perversión
minoritaria del fanatismo integrista de los talibanes violentos.
He aquí algunos titulares de una entrevista de Hermann
Tertsch en El País (8-IV-2001): "La inmigración
sin límite es una amenaza" ... "la llegada
incontrolada de inmigrantes que no quieren integrarse supone
un riesgo para el pluralismo y la democracia" ... "El
multiculturalismo en sí es una ideología perniciosa,
porque fragmenta, divide y enfrenta" ... "Mucho político
debería tener más en cuenta la ética de
la responsabilidad frente a la fácil ética de
los principios". Y dentro de la entrevista tiene afirmaciones
tan radicales y taxativas, como las siguientes: "En cuanto
al argumento de que la civilización actual y el Islam
actual son fundamentalmente incompatibles, creo que es cierto
y estoy dispuesto a defenderlo", añadiendo "el
Islam que pasa ahora por un fuerte renacimiento, es, yo diría
hoy que absolutamente, al cien por cien, incompatible con la
sociedad pluralista y abierta en Occidente.... Los principios
de las dos culturas son antagónicas y son ellos los que
nos consideran a nosotros los infieles aunque estén aquí
(en Europa), no nosotros a ellos". Según Giovanni
Sartori, hay tres criterios para establecer la supervivencia
en la diversidad. El primero es "la negación del
dogmatismo, precisamente todo lo contrario de lo que predica
el Islam". El segundo es "que ninguna sociedad puede
dejar de imponer el principio de impedir el daño y esto
supone que todas nuestras libertades siempre acaban donde supondría
un daño o peligro del daño al prójimo".
Y el tercero y quizás más importante es el de
la reciprocidad. La reciprocidad dentro de la doctrina de la
tolerancia supone que no podemos ser tolerantes con la intolerancia.
Yo soy tolerante como anfitrión, pero tú tienes
que serlo asimismo desde tu papel de huésped. La religión
católica ha sido mucho tiempo intolerante, hoy no se
lo puede permitir... Pero el Islam sigue pensando en el poder
de la espada". En otra declaración suya (El País,
6-IV-2001) relaciona esta incompatibilidad del Islam con el
tema de los inmigrantes musulmanes en Europa: "La distancia
cultural es un elemento fundamental para calibrar la inmigración.
Y el Islam representa el extremo más alejado de Europa
por su visión teocrática del mundo. Sus creencias
están en contra del sistema pluralista".
En su libro La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo
y extranjeros (2001) trata fundamentalmente de la crisis del
melting pot americano y la crítica al multiculturalismo
académico de los Estados Unidos y a la política
del affirmative action, que refuerzan la tendencia a fabricar
la diversidad y a crear guetos cerrados e impiden a las minorías
étnicas atravesar las fronteras interculturales. De ese
"peligro" y desintegración multicultural, intenta
prever G. Sartori a la sociedad europea, que es distinta a la
americana, con una cultura occidental firme, que no debe ser
amenazada pro una inmigración incontrolada y la concesión
de derechos de ciudadanía a extranjeros de difícil
o imposible integración, como los musulmanes. El autor
aboga por una sociedad plural, pro no multicultural, porque
"el multiculturalismo no persigue una integración
diferenciada, sino una desintegración multiétnica",
según se dice en la contraportada del libro: "A
partir de esta premisa el libro se pregunta hasta qué
punto la sociedad pluralista puede acoger sin disolverse a "enemigos
culturales" que la rechazan. Porque todos los inmigrantes
no son iguales. Y porque el inmigrante de cultura teocrática
plantea problemas muy distintos del inmigrantes que acepta la
separación entre religión y política. El
análisis teórico sirve aquí para encuadrar
los problemas prácticos que comentaristas y políticos
están afrontando con inconsciente ligereza. Y es que
Sartori no se deja hechizar por los lugares comunes de lo "políticamente
correcto". Y la propaganda de la faja de papel que rodea
el libro tiene estas frases provocadoras y ganchos publicitarios
"No todos los inmigrantes son iguales ¿Debe la sociedad
pluralista ser tolerante con sus "enemigos culturales?".
El debate en torno al libro y a las declaraciones del autor
saltaron a la opinión pública. El mismo periódico
de El País (6-V-2001), que le ha servido de tribuna cualificada
y generosa de publicidad, dedicó una página de
OPINIÓN, titulado ¿Hay una inmigración
imposible de integrar?". Al debate fueron invitados dos
especialistas: el profesor Joaquín Arango y el eurodiputado
Francés Samir Naïr. Bajo el título "Trato
igual", J. Arango cuestiona la imposibilidad de que se
integren algunos inmigrantes, según se desprende el libro
de Sartori, cuando "pertenece a una cultura fiderista o
teocrática" y que "las diferencias étnicas
producen "extrañezas insuperables". Estas afirmaciones
de Sartori, dice certeramente Joaquín Arango, han producido
"un debate estéril, mal planteado y, para sociedades
como la española o la italiana, en una fase incipiente
del proceso que las va a convertir en pluriétnicas y
multiculturales, extemporáneo; un caso de acento mal
situado", según J. Arango. Y añade: "No
parece que el debate, tal como se ha planteado, conduzca a parte
alguna. Pero, además, el juicio de hecho sobre el que
reposa es harto cuestionable: cualesquiera que sean las dificultades
que obstaculizan la integración de las minorías
étnicas, no parece que el diagnóstico de inintegrabilidad
describa adecuadamente la realidad de los paquistaníes
en el Reino Unido, los turcos en Alemania u Holanda o los magrebíes
en Francio o Bélgica".
Sami Naïr es muchísimo más contundente y
duro con estos peligrosos planteamientos, y sin hacer referencia
explícita a G. Sartori, escribe en su artículo
titulado "No a otra limpieza de sangre".
"Después de la guerra se decía de los inmigrantes
españoles en Francia, Bélgica, Alemania y Suiza
que no se podían integrar en la sociedad moderna europea:
"demasiados ruidosos", "demasiado violentos".
"Entre los años sesenta y ochenta volvimos otra
vez con la misma... con respecto a los inmigrantes magrebíes
en Francia y en Bélgica. Los indios y los paquistaníes
no estaban mejor parados en Inglaterra. Hoy día se escupe
el mismo veneno en España. Y es que siempre se es "imposible
de asimilarse" para alguien. Pero hay, sin embargo, una
diferencia cualitativa: nunca ningún Gobierno europeo,
al menos desde la II Guerra Mundial, ha osado sostener este
discurso oficialmente. Ahora bien, la insistencia actual de
algunos responsables gubernamentales españoles sobre
la "diferencia cultural" de los musulmanes y, en cambio,
su apología de la proximidad cultural de los suramericanos
es extremadamente inquietante. Corresponde a una política
de visados discriminatoria y de tratamiento social particular
que tiene algo de racismo de Estado. Sin embargo, los inmigrantes
musulmanes han demostrado en toda Europa una capacidad de adaptación
excepcional, sus hijos se integran rápidamente y su contribución
a la cultura europea ya es reconocida por todos. El caso de
Francia lo demuestra ampliamente. Los cristianos franceses,
que expresaron tan a menudo una gran solidaridad con los inmigrantes
musulmanes, lo han comprendido bien. El debate actual en España
sobre este falso problema es indigno. Indigno de España,
que da la impresión, después de los acontecimientos
de El Ejido, de no haber liquidado su pasado racista, y dictatorial:
indigno de élites políticas españolas que
invocan todavía más "ruidosamente" un
europeísmo de fachada, mientras cierran los ojos a la
barbarie en aumento en el país; infamante, en fin, para
los propios inmigrantes de confesión musulmana, ofrecidos
como pasto a una opinión pública desorientada
y a menudo influida por prejuicios malsanos".
"El aumento del flujo de inmigrantes llegados a España
en los últimos años y el proceso de su integración
social en el país han despertado distintos debates -ya
desarrollados en otros países europeos- sobre este fenómeno
universal. Junto con la discusión sobre la situación
legal de los inmigrantes, desencadenada por la reciente Ley
de Extranjería, hay otros aspectos del fenómeno
que merecen una consideración serena y positiva. Entre
ellos, el de si existe -como señalan algunas opiniones-
una inmigración "imposible de integrar" en
función de su religión o sus costumbres"
Y termina Sami Naïr con esta reflexión ética:
"La España que nosotros amamos no puede ser ensuciada
por los nuevos apologistas de la limpieza de sangre".
Desde otra ladera ideológica-política, como es
el ABC, el 11 de abril de 2001, en un magnífico artículo
de fondo, bajo el título "¿Qué hacemos
con los inmigrantes?" José María Martín
Patino, Presidente de la Fundación Encuentro, se refería
a este debate con estas reflexiones: "La versión
castellana del ensayo de Giovanni Sartori "Pluralismo,
multiculturalismo e estranei", es decepcionante, al menos
para los entusiastas como yo del viejo politólogo italiano.
Es inevitable que me refiera a este escrito con la mayor brevedad
posible. Ante un problema tan grave y complejo, no se puede
describir la "sociedad pluralista" como una Arcadia
feliz, ni la "multicultural" como un infierno. Ambas
formas de sociedad están vivas en nuestra vieja Europa
y sin fronteras definidas. Lo que tenemos que plantearnos es
cómo convertir la sociedad "multicultural",
esa mera yuxtaposición de etnias, culturas y religiones
en una sociedad pluralista. No existe ningún pueblo que
esté libre del racismo y de la xenofobia. Invocar los
riesgos del multiculturalismo, cómo hace Sartori, para
poner fronteras a la inmigración, no deja de ser una
simpleza".
En Europa -y España- se hace cada vez más urgente
y necesario, a todos los niveles, el diálogo creciente
entre el cristianismo y el Islam, como hace años fuera
fructífero para ambas ladera ideológicas el diálogo
entre comunistas y cristianos. Este diálogo va más
allá del ecumenismo religioso, y esta cimentado en factores
demográficos, sociológicos, culturales y políticos:
dos tercios de los inmigrantes residentes de la Unión
Europea profesan la fe musulmana, una población que supera
los 10 millones de personas; en algunos colegios de Berlín
son más los niños turcos que alemanes y en Bruselas
la mitad de los niños que nacen son hijos de magrebíes.
En Birmingham (Inglaterra) el 10% de la población es
musulmana. En Francia algunos demógrafos han comparado
la tasa de natalidad que se dan en las familias de cultura cristiana
y las de familias islámicas, concluyendo que dentro de
un cuarto de siglo los musulmanes representarán una cuarta
parte de la población total.
Helmut Schmidt, Ex presidente de Alemania, en su reciente
obra, La autoafirmación de Europa: Perspectivas para
el siglo XXI (2002), nos hace ver la cercanía del Islam,
300 millones viven cerca de nosotros, desde Marruecos hasta
Egipto, e incluso dentro de Europa se incrementara notablemente
el número de ciudadanos europeos musulmanes, con la entrada
en la Unión de Turquía y otros países del
Este, de forma que a finales del siglo XXI habrá tantos
turcos como alemanes y franceses juntos. Por todo eso, afirma
Helmut Schmidt, "los europeos debemos respetar la identidad
religiosa y cultural de nuestros vecinos islámicos, entre
otras razones para conversar a largo plazo nuestra propia identidad
europea".
Ante esas cifras y previsiones, algunos se asustan y temen una
nueva versión de la invasión turca de la Europa
cristiana. Si queremos construir una Europa democrática,
todos los pueblos, culturas y religiones deben por igual de
caber y participar, cumpliendo todas sus obligaciones constitucionales,
con respecto a los Derechos Universales Humanos y a los valores
democráticos de toda sociedad libre, pacífica
e igualitaria.
Mikel Azurmendi, antropólogo vasco y Presidente del
Foro para la Integración de los Inmigrantes, autor de
"Estampas de El Ejido" (2002), ha hecho declaraciones
públicas, incluidas las efectuadas ante el Senado, causando
un cierto revuelo, terminando el debate en mayor confusión
que en clarificación del fenómeno, y sirviendo
-independientemente de las buenas intenciones del autor- de
un reforzamiento de las posiciones xenófobas contra los
inmigrantes, particularmente contra los marroquíes y
musulmanes. En un artículo suyo ("El País",
23-II-2002), titulado Democracia y cultura, expresa opiniones
como las siguientes:
"Se llama ahora multiculturalismo al hecho de que en el
seno del mismo Estado de derecho coexistan una cultura democrática,
por ejemplo la nuestra cultural, con otra u otras culturas no
necesariamente democráticas. Es decir, cuando junto a
nuestro actual tejido social de civismo laico, pero colocadas
de manera aparte y sin interactuar con él, estuviesen
cohabitando conductas masivas de personas sin igualdad jurídica
que interactuasen entre sí mediante recursos simbólicos
de desigualdad y jerarquía; no en virtud de imparcialidad
y derecho, sino de supeditación discriminante entre varón
y mujer, mayor y joven, rico y pobre, clérigo y súbdito
fiel. U otra cualquiera. Pero, por suerte, en España
no existe multiculturalidad todavía aunque sí
existen proyectos, mensajes o intenciones de crear multiculturalismo.
Cuantos hablan de que los inmigrantes son etnias piensan -lo
quieran o no- en algo multicultural, piensan en que grupos enteros
de gente inmigrante se coloquen aparte, en ghettos o reservas
y mantengan ahí su modo de vida colectivo de allí.
Pero a España no nos llegan etnias, sino personas singulares
con proyectos personales. Personas sueltas o con su familia
que quieren mejorar su vida. Y por muy parecidas que sean unas
y otras y tengan orígenes culturales similares, cada
persona llega con su propio proyecto, a intentar realizarlo."
Y termina con esta afirmación radical: "El multiculturalismo
es hoy una confusión teórica porque imagina que
las relaciones son interétnicas, entre nosotros, los
de la sociedad mayoritaria, y todos los demás, tomados
en bloques étnicos minoritarios. Por eso como proyecto
más o menos consolidado de relación interétnica
en agrupamientos separados, unos al margen de otros, el multiculturalismo
sería una gangrena fatal para la sociedad democrática."
Sobre esta cuestión, se han hecho declaraciones en
contra, particularmente de los Partidos Políticos de
izquierda y de las organizaciones no gubernamentales. También
debates en la prensa, como el ofrecido por El País (24-II-2002)
bajo el tema "Multiculturalismo e Inmigración",
en el que participaron el diplomático José María
Ridao, con su artículo " El oscurantismo reverenciado",
y el periodista Hermann Tertsch con "Corrección
política insensata". También Josep Ramoneda
publicó su columna en el mismo periódico sobre
este tema bajo el título "Contra el multiculturalismo
piadoso". Desde una ladera crítica a la posición
de M. Azurmendi, pueden verse los artículos de Mariano
Fernández Enguita "La carga del hombre blanco"
(El País, 11-III-2002), y el iluminador y sensato artículo
de Joaquín Arango "De qué hablamos cuando
hablamos de multiculturalismo" (El País, 23-III-2002)
¿Qué podemos concluir de tanto debate sobre el
multiculturalismo?. Sin intentar "dogmatizar" sobre
tal complejo poliédrico, difuso y multiforme fenómeno,
yo me atrevería a sugerir lo siguiente. El multiculturalismo
tiene muchos significados, variadas manifestaciones, múltiples
variaciones según tiempos, espacios y sociedades, por
lo que no puede reducirse a una sola forma concreta, "maldiciéndola"
como gangrena de la sociedad o "bendiciéndola"
acriticamente como paraíso piadoso. El multiculturalismo,
fundamentalmente, hace referencia a un fenómeno social
como es la convivencia en un mismo entorno geográfico-social,
donde permanecen juntos grupos con distintas culturas. Esa convivencia
de varias culturas puede ser un desafío y oportunidad
excepcional para enriquecerse mutuamente y constituir una sociedad
culturalmente más rica y desarrollada; el avance de las
civilizaciones casi siempre ha sido resultado del mestizaje
enriquecedor de distintos pueblos, culturas y etnias. Ese es
el multiculturalismo que queremos para España, los que
hemos apostado por una Europa pluricultural, multirracial y
mestiza. Obviamente que esto exige, de ambas partes, una educación
recíproca en la tolerancia, en la hospitalidad y en la
apertura pluralista, respetando los derechos humanos, los valores
democráticos y las leyes constitucionales de cada país.
Y este proceso de educación y dialogo intercultural es
largo, costoso, difícil, pero posible.
Este dialogo debe intensificarse aun más entre Oriente
y Occidente, el Islam y el Cristianismo, entre las sociedades
de larga tradición democrática y las de incipiente
apertura democrática, con concepciones y costumbres diferentes
en las relaciones familiares, en la participación cívica,
en las libertades públicas. Occidente, y pensemos en
España, ha sido también una sociedad teocrática,
sin separaciones de Iglesia y Estado, con sumisión jurídica
y fáctica de la mujer al hombre, sin participación
democrática, con violencia religiosa intolerante como
la Inquisición, con etnocidios y destrucciones de religiones
y culturas. Y hoy hemos cambiado; las culturas no son bloques
inamovibles, son procesos cambiantes. Y de hecho existen múltiples
formas de vivir el Islam, y ser musulmanes, no debiendo identificar
a todos con algunos grupos y prácticas deleznables e
intolerables, que violan los derechos humanos, que deben ser
salvaguardados a toda costa, condenando a sus agresores. Pero
es injusto y falso reducir a todos los pueblos árabes
e islámicos a esos fenómenos condenables, como
tampoco es justo reducir la cultura de Occidente y el Cristianismo
a ciertas injusticias y crímenes de guerra que se cometen
dentro de sus fronteras geográficas-sociales.
En resumen el multiculturalismo es un bien enriquecedor para
una sociedad, si recíprocamente saben dialogar interculturalmente,
respetando unos valores y normas mínimas de convivencia,
como son el respeto a los derechos humanos y a las leyes constitucionales.
Ahora bien, en el caso de que existan grupos, sean de cultura-etnia
distinta, o de la misma nación y etnia -caso banda armada
y asesina de ETA- que imposibilitan la convivencia pacifica
de una sociedad ("societas", compuesta por "socios"),
entonces, en ese caso particular, podemos hablar del multiculturalismo
como "gangrena de la sociedad". Pero eso es una versión
perversa y puntual, específica y concreta, entre las
variadas formas enriquecedoras del multiculturalismo. La reducción
de todo multiculturalismo a este tipo perverso de multiculturalismo
antidemocrático, es como reducir toda convivencia amorosa
y matrimonial a un tipo de relación de pareja, que termina
en los golpes, palizas e incluso en el asesinato de la mujer.
Porque existan entre algunas parejas asesinatos, no se puede
globalmente afirmar que el matrimonio es la gangrena del amor
y el camino del asesinato. Pues, mutatis mutandis, ese mensaje
implícito es el que capta la opinión pública,
con afirmaciones -académicamente tal vez correctas o
al menos discutibles- del profesor Mikel Azurmendi, que parece
reducir toda forma variada de multiculturalidad y multiculturalismo
a una versión o tipo particular, unido al apartheid o
a la gethoización, a la teocracia, a la dominación
de la mujer, a la ablación del clítoris, etcétera.
Ese singular "multiculturalismo" ninguno lo queremos,
pero otro es posible y deseable .
Me parece oportuno terminar con la opinión de Manuel
Pimentel, ex-Ministro de Trabajo con el PP y responsable de
Migraciones en su periodo de Gobierno; en su artículo
titulado, "Inmigración: algunas preguntas y respuestas"
(El País, 9-III-2002)
"¿Es bueno o malo el multiculturalismo?. La experiencia
nos demuestra que el complejo concepto de multiculturalismo
significa cosas distintas para personas distintas. Si por multiculturalismo
entendemos que bajo una misma frontera convivan culturas distintas
gobernadas por leyes propias y diferentes, no cabe duda que
estaríamos ante un fenómeno negativo y disgregador,
que ocasionaría graves desequilibrios en el futuro. Es
mejor el principio del Estado de Derecho: un país, una
ley. Si por multiculturalismo se entiende que cada persona pueda
expresar su cultura, dentro del imperio de la ley del país
receptor, estaríamos ante un hermoso ejercicio de libertad."
Nada mejor para mostrar la cara de un enriquecedor multiculturalismo,
que la Declaración del Comité Español para
el Año Europeo contra el Racismo, proclamada en Toledo
(1997), que dice así:
"La riqueza en España, Europa (habría que
añadir de Iberoamérica), desde hace siglos, se
nutre fundamentalmente de la diversidad de sus tradiciones,
culturas, etnias, lenguas y religiones, y de la certeza de que
los principios de tolerancia y convivencia democrática
son la mejor garantía de la existencia de la propia sociedad
española y europea, abierta y pluricultural: diversa.
España, por su tradición histórica de convivencia
entre pueblos y culturas, por su pertenencia al Mediterráneo,
así como sus lazos con Iberoamérica, puede facilitar
el establecimiento de modelos de relación multiétnicos
y multiculturales. La realización de una sociedad democrática,
social, plural y avanzada se fundamenta sobre el respeto de
la dignidad igual de todos los seres humanos".
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