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LA MATÉ PORQUE ERA MÍA. VIOLENCIA DE GÉNERO
FEMENINO
Israel Iglesias
Educador Social. AA. CES Don Bosco
"Las semillas de la violencia
se siembran en los primeros años de la vida,
se cultivan y desarrollan durante la infancia
y comienzan a dar sus frutos malignos en la adolescencia"
L. ROJAS MARCOS
RESUMEN
La violencia de género ha horadado las relaciones entre
hombre y mujer desde el principio de los tiempos, pero ha sido
lo suficientemente astuta como para esconderse tras ese mutismo
que le concedían las estructuras sociales constituidas
entorno a la figura masculina. El hombre ha sabido tirar la
piedra y esconder la mano, y la piedra llevaba tanta fuerza
que ha infundido siempre ese miedo silencioso. Solo cuando los
medios de comunicación social han comenzado a orbitar
entorno al tema de la violencia de género, esta realidad,
sempiternamente presente, se ha hecho visible. Lo que no se
nombra, no existe. Durkheim diría que los sucesos que
tienen lugar en la sociedad se constituyen como hechos sociales
únicamente cuando se les otorga una relevancia social.
Esta es precisamente la trayectoria que ha sufrido en los últimos
tiempos la cuestión de la violencia de género,
que si se me permite, es fundamentalmente violencia sobre el
género femenino. Ahora que los objetivos gráficos
lo enfocan con nitidez, comienza a existir lo que ha existido
siempre: violencia contra las mujeres en un contexto de relaciones
desiguales y opresivas.
DESARROLLO
La violencia de género intenta condicionar, limitar
o doblegar la voluntad de la mujer. Para romper esta espiral
de desigualdad y violencia hay que replantearse toda la realidad,
las ideas, los constructos sociales, hay que ir, como diría
el profesor Keaplin, al meollo de la cuestión: hay que
releer la realidad desde su esencia más escondida, y
reinventarla a partir de principios igualitarios, coeducación,
en un entorno que entienda como iguales a hombre y mujer, e
ignore la carga social atribuida a figuras masculina y femenina.
El género es una construcción sociocultural, y
no constituye un atributo innato ligado a hombre y mujer. Lo
que se entiende por masculino y femenino constituye un sistema
de creencias, comportamientos, formas de pensar, conductas...
que están vinculados al contexto y a categorías
sociales. Que la mujer es sensible y maternal, y el hombre rudo
e imperativo es algo que se ha acordado socialmente. ¿Quién
estaba al frente de la sociedad que lo acordó? Naturalmente
los hombres, que han tejido la fisionomía social de manera
que les beneficie.
Para aquellos que piensan que los discursos sobre violencia
de género son alarmistas, o frutos de una moda más
o menos pasajera, algunos datos harán ver que se trata
de una cuestión verdaderamente grave que cada uno de
nosotros debemos abordar, y trabajar para producir el cambio:
o En la India, 5 mujeres son quemadas diariamente fruto de conflictos
relacionados con la dote.
o En Perú, 70 de cada 100 delitos denunciados a los cuerpos
y fuerzas de seguridad del estado son palizas sufridas por las
mujeres, por parte de sus propios maridos.
o En Noruega, 1 de cada 4 pacientes atendidas en los servicios
ginecológicos ha sufrido abuso sexual por parte de su
pareja.
o En España, 94 mujeres pedieron la vida a manos de sus
parejas en el pasado 2004.
o En el presente año se estima que habrá un total
de 149 millones de mujeres y niñas en todo el mundo sometidas
a mutilación genital.
A la luz de estos datos, no se puede seguir considerando el
tema de la violencia de género como algo baladí
y pasajero. Precisa una toma de conciencia inmediata, asumir
responsablemente nuestro papel sexuado y humano en la sociedad,
y ampliar nuestra sensibilidad y nuestros conocimientos para
abordarlo seriamente.
Si se comprende que debemos abordar el tema con urgencia y
desde su esencia más profunda, hay que cuestionarse sobre
las causas que permiten y estructuran la violencia de género.
Existe una relación cultural entre 'masculinidad' y práctica
heterosexual en un contexto de dominación en el orden
económico, social, político, ideológico,...
que ha favorecido con impunidad los abusos sexuales de las mujeres
(OSBORNE, 2001). Esto es debido a la relación que históricamente
se ha sobreentendido entre agresión sexual y práctica
sexual, en lugar de concebirlo como un acto de violencia. Por
este motivo, las violaciones y otros actos de agresión
sexual han permanecido a la sombra durante tantos años.
En nuestro país apenas se habían recogido denuncias
de agresiones sexuales en el año 1986. Nueve años
más tarde se alcanzaban casi las 10.000 denuncias. Habida
cuenta que solamente se denuncia 1 de cada 6 agresiones, esto
suponía más de 160 agresiones sexuales diarias
en España.
Se entiende la agresión sexual como consecuencia natural
de una necesidad masculina, ya se trate de una violación,
o de conductas de dominación. Esto ampara impunemente
los comportamientos opresivos de los hombres. Para ellos, responder
a este canon social supone por una parte reafirmar su masculinidad
social y personalmente, y por otro lado cumple una función
social de pertenencia. Se produce lo que algunos autores llaman
un pacto implícito entre los hombres, una complicidad,
que cumple funciones integradoras, que ayuda al hombre a sentirse
perteneciente a un colectivo, el suyo, el de los hombres, que
le ampara y le garantiza unas ventajas heredadas históricamente
sobre la mujer.
Por lo tanto, el primero de los mitos que hay que derribar
es la relación tácita y sobreentendida entre sexo
y género. Hombre y mujer es distinto de masculino y femenino.
En los dos primeros se comprenden los atributos innatos, en
los dos segundos, los sociales. Muchas de las conductas de dominación
que se justifican comprendiéndolas como parte de la naturaleza
del hombre son en realidad conductas injustificables, socialmente
acordadas, y susceptibles de un cambio que pueden y deben sufrir.
Históricamente ha existido una relación que vinculaba
la sexualidad con la propiedad y con la violencia -potencial
o actual- (SEGAL 1987:86), de manera que las mujeres han sido
posesión de los hombres, y podían ser objeto de
una 'lógica' represión física si llegara
el caso de que la merecieran. Todavía hoy uno de los
primeros comentarios que se suelen escuchar tras noticias de
agresión sexual es "algo habría hecho ella"
o frases de índole similar. Cuando un hombre habla de
su cónyuge lo hace en términos de "mi mujer".
En definitiva, la violencia sobre las mujeres solo se puede
comprender bajo el prisma de la posesión. Se ejerce violencia
sobre ellas porque constituyen un bien más de los hombres,
y por tanto recae sobre ellos la determinación de cuando
y cuanto trato violento merecen recibir. Si la mujer es propiedad
del hombre, se aligera la gravedad de la agresión, y
se justifica la agresión misma confundiéndola
con una práctica sexual lícita propiamente masculina.
Resulta evidente que el modelo que subyace en esta tipología
de relación es un modelo androcéntrico de sexualidad,
que le confiere un papel protagonista al hombre dentro de las
relaciones de pareja, y relaciones sociales en general. De este
modelo, Raquel Osborne encuentra que se derivan las siguientes
conclusiones:
o Es un modelo coitocentrista orientado hacia la penetración
como forma culmen del placer meramente masculino.
o Es un modelo que prima la cantidad frente a la calidad de
los encuentros sexuales.
o El androcentrismo promueve la idea de un deseo sexual masculino
incontinente, fruto de un impulso irrefrenable.
o La dirección de la práctica recae sobre el varón,
y se niega la sexualidad femenina autónoma.
En definitiva, la verdadera esencia de la agresión sexual
no recae propiamente en el placer del coito cuanto en el hecho
de que se realice contra la voluntad de la mujer de un modo
violento, esclavizante y avasallador. Fruto de este constructo
social, la mujer ha aprendido su rol, y vincula la práctica
sexual con "una trayectoria relacional, en la realidad,
o como una aspiración", con el amor y la pareja
estable, en definitiva, mientras que para un varón no
es necesaria la relación para el encuentro sexual (BOZON
Y ONKULA, 1997). En Estados Unidos se cifra en un 22% la cantidad
de mujeres que han mantenido relaciones sexuales bajo coerción,
mientras que en el caso de los hombres se cifra en un 1,3%.
Hace menos de 15 años, Luis Ángel de la Viuda
declaraba en Radio Nacional de España que "La ley
de la televisión privada, no nos engañemos, es
como las mujeres: está hecha para ser violada".
Esta última cita de De la Viuda refuerza la penetración
cultural de la violencia de género en nuestra sociedad.
Éste es uno de los más graves problemas: la cotidianidad
y arraigo. El hecho de que tales palabras tengan cabida nada
menos que en una emisora de ámbito nacional sufragada
con los impuestos de todos los españoles da a entender
el radio de acción y el grado de penetración y
asimilación de esta violencia en la sociedad. Quizá
solo fuera necesario analizar someramente una serie de chistes
de nuestro acerbo popular. El chiste es apenas un pensamiento
escueto que encierra en su brevedad todo el contenido que pretende
expresar. Por eso es el chiste -bien podría haber sido
también el refranero, o un listado de epigramas- la forma
más inmediata de constatar la hondura con la que está
enraizado el machismo, y los pilares sobre los que se.
La gran mayoría de los chistes machistas entienden a
la mujer como mero objeto, casi netamente sexual, y por ende
carente de inteligencia, de voz, de contenido en su discurso,
de función salvo la sexual; en definitiva, de humanidad.
No concibe a la mujer como persona, sino que establece diferencias
enclavadas en el género para menospreciarla. La dominación
sexual como arma sustentadora de las relaciones de opresión
se transparentan rápidamente en este tipo de chistes:
¿Cómo lograr que una mujer llegue a un orgasmo?
¿Y a quién le importa. La segunda característica
en este proceso de cosificación es desproveer a la mujer
totalmente de la inteligencia que la hace persona, animalizarla,
para eliminar su dignidad humana que la hace un ser valioso,
y poder así agredirla. Así, se pueden escuchar
chistes como: ¿Qué le ocurre a una mujer cuando
enviuda? Que pierde el 95% de su inteligencia. Muchos de los
chistes reflejan la realidad de la concepción machista
de la mujer, abocada a ese lugar en la sombra, ama de su casa,
que le obliga a deber obediencia y atención a cambio
de sustento y protección, que la limita en sus funciones
porque la concibe limitada en sus capacidades, como inferior
que se la presupone, de modo que se puede uno encontrar con
chistes como: ¿Qué hace la mujer fuera de la cocina?
Turismo. En definitiva, se entiende a la mujer como inferior,
en último término, por no ser hombre.
Si la violencia sexual y la diferencia de género están
tan firmemente enclavadas en nuestra sociedad, cabe cuestionarse
sobre el perfil de los agresores sexuales. Por su parte, cuando
tratamos de esbozar dicho perfil, nos encontramos, como en muchas
otras realidades, que no existe precisamente este patrón.
Igual que ocurre con el patrón de las personas drogodependientes,
el perfil que a priori se nos acerca es el de un delincuente
de una clase social marginal, quizá con alguna patología
mental o conductual. Sin embargo, la agresión sexual,
como la adición a sustancias tóxicas, tiene cabida
en todos los estratos sociales. Podemos encontrar agresores
sexuales en cualquier nivel tanto social, como económico
y cultura, y dentro ellos, "un alto porcentaje lleva una
vida profesional y familiar dentro de la norma" (ALARCÓN,
2001). Suelen cumplir un perfil que se englobaría en
la normalidad social, excepto en lo referido a la forma de vivir
la sexualidad que, en este punto sí, se distinguen por
hacerlo con una importante carga de violencia. Sin embargo,
son capaces de mantener una vida sexual equilibrada con sus
parejas estables, y en general a todos los niveles. Este es
un de los motivos que empujan a pensar a los profesionales que
los agresores sexuales no se reeducan con largos procesos carcelarios
ni terapéuticos, pues no son personas que padezcan ninguna
enfermedad mental o psicopatológica. De la misma manera,
no existe tampoco ningún perfil de victima de agresión
sexual, ni se encuentran sesgos sociales, culturales o económicos,
por lo que se hace muy difícil la prevención específica.
En todo caso, aplicar una prudencia fruto del sentido común,
y unas pautas muy generales: no transitar por lugares solitarios,
no entrar con desconocidos en un portal, hacer uso de la asertividad
con los conocidos recientemente, y tener presente permanentemente
que los agresores ni tienen un aspecto particular que los distinga,
y suelen ser amables, seductores y educados.
El hombre ha desprovisto de dignidad a la mujer para establecer
una relación desigualitaria en la que resulte favorecido.
El estandarte de la propiedad de la mujer, que alza con orgullo,
se lo ha atribuido gracias a su genitalidad. El hombre descubrió
que podía utilizar sus atributos sexuales como dañina
arma generadora de violencia y sometimiento. Un estudio realizado
por Florentina Alarcón en las cárceles con los
presos por delitos sexuales tipifica las motivaciones de los
abusos sexuales en cinco grandes grupos:
1. La violencia sexual como mecanismo de compensación
general: los agresores recurren a la violación para compensar
su baja autoestima, y experimentar la sensación de poder.
2. La violación "justificada": los agresores
mantenían una relación de amistad con la víctima
y aunque creen que "no estuvo bien", no merecen tamaño
castigo. No se consideran a sí mismos violadores, y se
justifican pensando que en el fondo ella lo deseaba.
3. La violación como conducta antisocial: los agresores
pertenecen a un ámbito marginal, y presentan con frecuencia
un historial de conducta delictiva, carecen de autocontrol y
emplean la violencia en sus delitos.
4. La violación como forma de tener acceso a un determinado
objeto sexual: son agresores influenciables por los medios de
comunicación , y centran su objeto de deseo en mujeres
jóvenes, adolescentes, o expertas en proporcionar placer.
5. La violación a menores: todos los agresores niegan
su autoría, sufren un grave trastorno de paidofilia,
pueden ser introvertidos, inseguros o faltos de habilidades
sociales, y con graves desequilibrios afectivos y emocionales.
En el año 2.000 se realizó una macroencuesta
a 20.552 mujeres con la intención de someter a estudio
el número de actos violentos, con especial incidencia
para los de ámbito doméstico, con mujeres por
víctimas, de la que se extrajeron las siguientes conclusiones:
o El 4.2% de las mujeres españolas declara haber sido
víctima de malos tratos en el último año
por parte de alguna personas con quien conviva, lo que supone
15.028.000 mujeres en España.
o De cada 3 casos de agresiones, 2 son cometidas por el marido.
o El 70.4% de los casos de violencia doméstica se viene
dando desde hace más de 5 años.
o La media de edad de los maridos es de 52 años, nivel
educativo algo menor que el de las víctimas, y sin problemas
de tipo laboral, muchos adictos al alcohol.
o Las mujeres que son víctimas de violencia de género
tienen entre 30 y 64 años, con una media de 2,49 hijos.
o La mayor parte de las mujeres víctimas de maltrato
conviven con sus maridos o parejas, y con sus hijos.
Con todo, podemos decir que la violencia de género constituye
una realidad que precisa de intervención inmediata. Hay
que nombrar las cosas para que existan, y eso es precisamente
lo que se pretende. La violencia de género femenino está
muy presente en la actualidad, y hondamente enraizada en nuestra
sociedad española. En lo que va de año, 33 mujeres
han perdido la vida a causa de la violencia de género,
29 de ellas en el ámbito intrafamiliar. La violencia
de género nos afecta a todos, en la medida en que también
nosotros caemos en los sutiles engaños que la amparan
y la justifican. Las conductas masculina y femenina son constructos
sociales preestablecidos, y por tanto criticables y modificables,
y nunca connaturales al sexo. La relación entre sexo,
género, posesión y violencia ha permitido la pervivencia
de conductas dominantes y delitos sexuales bajo el palio de
comportamientos propiamente masculinos. La agresión sexual
nunca se puede amparar en el mito del deseo irrefrenable de
la pulsión sexual masculina. No existe un perfil único
para el agresor sexual, aunque se puede esbozar una tipología
más general. En cualquier caso, los agresores sexuales
pueden ocupar cualquier estatus social. La agresión sexual
se materializa fundamentalmente por el deseo de dominación
más que de placer en el coito. Hasta la fecha, hemos
podido leer 33 noticias encontradas y más de un centenar
de artículos escritos sobre mujeres fallecidas víctimas
de violencia de género.
El daño físico y los trastornos emocionales que
provocan las agresiones sexuales son demasiado profundos y duraderos
para poder seguir creyendo que los malos tratos no son una realidad
palpable y alarmante. Sin embargo, su prevención es posible.
Y necesaria. Para ello, la educación constituye el principal
pilar sobre el que se sustente la prevención. Requiere
que los niños y niñas crezcan entre la seguridad
y el cariño, en lugar de hacer padeciendo violencia y
viéndola en sus hogares. De este modo, desarrollarán
su sensibilidad y comprensión del sufrimiento ajeno sana
y naturalmente, y responderán sin violencia ante las
frustraciones. Es necesario trabajar con niños y jóvenes
factores que favorezcan el maltrato y la agresión, antes
de que interioricen una idea sexista y estereotipada de los
roles de género. Es preciso fomentar el respeto para
terminar con roles de tipo dominante-sumisa, activo-pasiva...
Una educación que potencie los valores humanos, y en
especial el amor, la compasión, la generosidad y la autocrítica
favorecerán el trato igualitario entre hombres y mujeres
desde pequeños. Sobre la mujer es preciso también
un trabajo concreto para preparar y potenciar su autoestima,
su capacidad de decisión y denuncia, y predisponerlas
para que se acepten y quieran física y moralmente a sí
mismas. Desde pequeños, los niños deben crecer
en un ambiente y un sistema de creencias que disocie la masculinidad
del dominio, de la agresión y del honor, para favorecer
la sensibilidad, el cariño y el espíritu igualitario.
Debemos creer y apoyar el cambio, porque el cambio, aunque
trabajoso, es posible. Ello pasa inevitablemente por un autoexamen.
Si dirigimos el trabajo sobre nuestros hijos para acabar con
las diferencias de poder, material y emocional, entre sexos,
fomentaremos un clima que favorezca conductas alejadas de los
maltratos y agresiones. La realidad de violencia de género
siempre tiene la puerta abierta al cambio mientras haya en primer
lugar conciencia, y en segundo intención de cambio. La
educación de los hijos, y en especial por parte de padres,
juega un papel fundamental y prometedor. Cada día es
el día de dejar de soñar con la igualdad para
trabajar juntos, hombres y mujeres, por conseguirla.