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  ISSN: 1695.4297

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¿A QUÉ NOS REFERIMOS CUANDO HABLAMOS DE VALORES?: UNA APROXIMACIÓN DESDE LA PERSONALIDAD.
Jennifer Delgado Suárez

…es necesario devolver al hombre la conciencia y el prestigio, hacer vibrar en él las cuerdas que la escuela ha descuidado totalmente, sin las cuales nuestro fracaso no cesará de acrecentarse. Todo está por hacer o por rehacer. Y esta renovación no la podemos abordar con la vieja pedagogía.
C. Freinet: La educación moral y cívica, 1960.


RESUMEN
La creciente "pluralidad homogeneizante" que afecta la sociedad y por la que se ve perneada el proceso educativo hace que la educación en valores cobre particular importancia en tanto interesa la formación de individuos autodeterminados y comprometidos con su sociedad.
La comprensión de cómo se estructuran los valores en la personalidad y regulan de esta forma el comportamiento, facilita el proceso de su formación confiriéndole un carácter individualizado y estable a través de su integración en las Tendencias Orientadoras de la Personalidad.

Palabras Claves: Educación, valores, estructura de la personalidad y regulación comportamental.

ABSTRACT
The increasing "homogeneity plurality" that affects society and strikes the educational process, locates the values education in an important step in order to form self determinate individuals with a high degree of commitment with theirs society.
Comprehension about values' structure into personality and its behavior's regulation could facilitate its process of formation with an individual and stable character through values' integration into the Oriented Personality Tendency.

Key words: Education, values, personality structure and behaviour's regulation.


INTRODUCCIÓN
A través del tiempo, el desarrollo de determinadas relaciones de producción ha presupuesto diferentes relaciones sociales que traen aparejadas un conjunto de contradicciones que deben ser reguladas para lograr la inserción adecuada del hombre en el sistema social en que vive. La conciencia moral aparece como condición indispensable para la existencia "más o menos" armónica de los hombres cumpliendo funciones de control de la conducta de los individuos y los grupos sociales.
Pero no pueden analizarse las relaciones morales como idiosincrásicas de un cierto modo de producción sin tener en cuenta la cultura e historia del país; lo que les confiere una expresión socio-histórica concreta y hace que, aún dentro de una misma formación económica social existan diferencias notables en el sistema moral instituido socialmente.
Constituye entonces una fuente de preocupación para todas las sociedades desarrollar hombres que compartan sus valores, normas y principios, aún cuando la expresión de los mismos varíe según los grupos sociales y de sujeto a sujeto.
La educación ha sido históricamente un proceso de reproducción de la sociedad y a la vez expresión de la misma siendo la encargada de transmitir determinados patrones socioculturales y encauzando el proceso de asimilación individualizada de los mismos.
Pero la educación, analizada parcialmente desde las instituciones sociales dedicadas a la enseñanza, no siempre contempló dentro de sus objetivos el proceso de desarrollo pleno de la personalidad y por tanto la educación en valores.
El individuo pasa de ser objeto a sujeto de la enseñanza, logrando de esta forma un desarrollo armónico de su personalidad a partir de cambios cualitativos en la forma de enfrentar el proceso docente-educativo: ubicando el énfasis del proceso en la relación enseñanza-aprendizaje, con la consecuente comprensión de la unidad cognitivo-afectiva y adoptando una postura de respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales de los hombres.
Así, la educación en valores, se ha convertido en una tarea de gran popularidad, lo que ha conducido a visiones atomistas que se mueven desde la transmisión o imposición de valores absolutos, hasta el relativismo y subjetivismo axiológico.
Sin embargo, una educación que llegue a comprender al hombre como personalidad, tanto en su estructura como en sus funciones, aún sin poseer una verdad absoluta, se acercará en gran medida a la formación de un ser humano comprometido consigo mismo y con su sociedad.

DESARROLLO
El individuo como personalidad vive continuamente conflictos de valor, tanto más si se halla inmerso en un mundo permeado por la globalización y otras tendencias homogeneizadoras en contraposición con el pluralismo que pretende terminar con la existencia de modelos absolutos. Siendo los contextos sociales cada vez más complejos, se necesita un sobreesfuerzo personal para construir valores morales propios, razonados y lo más exentos posibles de la influencia externa. Esta situación se agudiza si nos percatamos que en la actualidad la mayoría de las sociedades asisten a una crisis de valores que se patentiza en una traspolación del valor a lo que se consideraba antivalioso, lo que conlleva a una inseguridad individual acerca de cual es el verdadero sistema de valores y por consiguiente a un cambio en la jerarquía de los mismos.
De aquí emerge la importancia de crear las condiciones necesarias y óptimas para que cada persona descubra y realice la elección libre y lúcida de sus valores en el proceso educativo.
Surge entonces la pregunta: ¿Puede educarse en valores adecuadamente si no se conoce cómo estos se integran en la personalidad del individuo regulando así su comportamiento?
Los valores son "proyectos globales de existencia que se instrumentalizan en el comportamiento individual a través de la vivencia de unas actitudes y del cumplimiento, consciente y asumido de unas normas o pautas de conducta".
Existe un sistema objetivo de valores concebidos como parte de la realidad social y un sistema de valores socialmente instituido y reconocido oficialmente que constituyen el medio en el cual cada individuo en su relación con los demás construye su propio sistema de valores personalizado.
El individuo en el proceso de socialización desarrolla sus propios valores que pueden tener una menor o mayor correspondencia con los valores sociales y que van a regular en diferente medida su actuación social. De esta forma, según su grado de autonomía y el desarrollo alcanzado, los valores se han clasificado como:
Reactivos: de carácter más bien compulsional, regulan la actividad sólo ante la presión externa.
Adaptativos: aquellos que se expresan en una meta establemente asumida por el individuo pero que es tomada del medio para obtener premios y/o evitar castigos.
Autónomos: se ponen de manifiesto en una meta asumida establemente por el sujeto y elaboradas por éste, no respondiendo a premios o castigos del medio. 2
Los valores reactivos y adaptativos no caracterizan a la persona en tanto no se integran en su personalidad, desplegándose fundamentalmente ante condiciones actuantes. Actúan como reguladores externos del comportamiento pues su expresión obedece a un motivo que no es el valor en sí mismo sino la obtención de determinado beneficio o aceptación social.
Estos valores, siendo consecuentes con los postulados vygotskianos, pueden considerarse como una etapa interpsicológica inicial en el proceso de su formación e integración personalizada, que caracteriza a la niñez y primera adolescencia donde el desarrollo de la personalidad es aún incipiente. Pero la continuidad en su manifestación en la etapa adulta puede indicar la formación estable de lo que algunos autores conciben como contravalores o antivalores.
El individualismo y oportunismo, con su correspondiente significación social negativa, pueden desarrollarse como contra valores intrapsicológicos y expresarse bajo la apariencia de valores reactivos y/o adaptativos.

En cambio, los valores autónomos se configuran, al igual que las normas, actitudes y motivos en unidades psicológicas primarias: "una integración cognitivo-afectiva relativamente estable, que actúa de manera inmediata sobre el comportamiento ante las situaciones vinculadas a su acción reguladora". 1
En este nivel el individuo se orienta por estas unidades que aparecen bien definidas en su conciencia, pero al contrario del carácter rígido que le confieren los diferentes autores en tanto son expresión de un alto potencial emocional y poco susceptibles a la mediatización cognitiva; pueden analizarse con los indicadores brindados por González Rey para comprender cómo la formación motivacional de la personalidad tiene diferentes niveles de expresión según la actuación:
Flexibilidad-rigidez con que se expresa el valor en la regulación de la actuación.
Posición que asume el sujeto en la expresión de los valores en la regulación de su actuación, que puede ser activa (expresada en los valores personalizados) o pasiva (expresada en los valores formales).
Grado de mediatización de la conciencia en la expresión de los valores que le permite argumentar su sistema de valores.
Perseverancia-inconstancia en la expresión de los valores ante las diversas situaciones.
Perspectiva mediata-inmediata en la expresión de los valores ante condiciones determinadas. 2
De esta forma, la expresión de los valores en el comportamiento y su regulación no va a estar determinada por una característica a priori de las unidades parciales, sino que estas son mediadas por la personalidad y a la vez se convierten en reflejo de la misma.
Un sujeto que no sea capaz de revalorar y reestructurar sus proyectos para adecuarlos a las nuevas exigencias o a las distintas situaciones, difícilmente será capaz de actuar de manera flexible en la expresión concreta de un determinado valor previamente configurado como unidad psicológica primaria.
Pero debido al carácter sistémico de la personalidad que determina que sus elementos y formaciones se integren en diferentes configuraciones psicológicas de manera simultánea, los valores internalizados estructurarse en formaciones psicológicas como: el ideal moral y la autovaloración; donde a pesar de existir un componente emocional se patentizan con mayor fuerza las valoraciones, los objetivos, una elaboración bastante consciente que opera con los contenidos de las tendencias orientadoras de la personalidad.
Así, los valores pueden integrarse en la tendencia orientadora de la personalidad; comprendida ésta como "el nivel superior de la jerarquía motivacional de la personalidad, la que está formada por motivos que realmente orientan a la personalidad hacia sus objetivos esenciales en la vida; lo que presupone una estrecha relación de la fuerza dinámica de los motivos con la elaboración consciente, por el sujeto, de sus contenidos". 3
Para que los contenidos sociales, entre ellos los valores, con los que el individuo interactúa puedan integrarse en la tendencia orientadora de la personalidad y ser efectivos en la regulación del comportamiento, deben adquirir un sentido personal, dándose un proceso de vivenciación y concientización de forma tal que se establezca un vínculo entre el reflejo cognoscitivo del valor y una determinada carga afectiva.
Las operaciones cognitivas son portadoras de un contenido emocional derivado del contenido de los motivos que representan, pero en ocasiones la valoración o idea se constituye sobre la base de las emociones como manifestación de motivos y en otros casos las emociones surgen como resultado de un proceso reflexivo que induce a incluir un hecho dentro de la esfera motivacional.
Es necesario para lograr la estabilidad del valor y despojarlo del carácter inmediato, de un determinado equilibrio entre la carga afectiva y cognoscitiva con que se estructuró en la personalidad en un primer momento.
Por esto se hace imprescindible una determinada congruencia entre el valor a adquirir y el sistema funcional y estructural de la personalidad, ya que éste debe estructurarse en síntesis reguladoras más complejas y en interacción con los diferentes contenidos anteriormente conformados.
Una vez que el valor conforma las tendencias orientadoras de la personalidad va a implicar una regulación normativa individual que no está determinada por los acontecimientos sino que está estructurada en un plan que tiene su base en las formaciones de sentido, en la forma en que los valores fueron interiorizados, en tanto ellos reportan un conjunto de relaciones y principios entre sí y no un motivo concreto sino un conjunto de ellos.
En el proceso de interiorización del valor, el individuo en su relación con el mismo le confiere un sentido y una jerarquía, pero solo puede configurarse satisfactoriamente en las tendencias orientadoras de la personalidad en la medida en que sea relativamente consecuente con la formación de sentido pre-existente.
A partir de su afianzamiento en el sistema motivacional, va a constituir un modelo o plan a seguir que va a orientar y regular el comportamiento, convirtiéndose a su vez en normas de autoevaluación de la propia actividad.
Pero para que los valores orientadores se expresan como motivos en la actividad ejerciendo a su vez un papel planificador, regulador y verificador de la acción, se hace necesario que cuando aún el valor no se encuentre estructurado como característica individual del sujeto, en su aproximación al mismo, éste desarrolle una actitud positiva y una orientación afectiva y emocional, que va a estar dada por la medida en que el sujeto satisfaga sus necesidades, ya sean éstas de orden primario o superior, individuales o sociales.
Así, el valor que generalmente aparece en el individuo íntimamente vinculado con la satisfacción de sus necesidades, al alcanzar un nivel superior se convierte en productor de necesidades, siendo uno de los sectores más estables de las orientaciones de la personalidad aunque sea susceptible a cambios y enriquecimiento en el transcurso de la actividad y la experiencia de la personalidad.
Finalmente, el sistema de valores estructurado como contenido personalizado, se incluye en sistemas en constante desarrollo sobre cuya base crecen las potencialidades reguladoras de la personalidad, permitiendo conformarnos una idea de la relación del hombre con su sociedad y de su historia individual, siendo expresión de un momento socio-histórico concreto.

CONCLUSIONES
Siendo congruente con estas ideas, la educación en valores no debe ir dirigida a la transmisión de contenidos y valores estándares, sino al proceso de configuración conjunta con el sujeto, de un sistema de valores personalizados portadores de un sentido moral para él, realmente vivenciado y asumido, donde se tengan en cuenta sus características personológicas y el sistema objetivo de valores instituido en la sociedad en su expresión concreta y universal.
Es necesario para la incorporación del valor que el sujeto experimente la necesidad práctica de desarrollarlo en sí y que sea capaz de conferirle un valor instrumental. El individuo debe estar en interacción con el valor, con las personas que lo portan, sentir su actualidad e importancia. No basta con que el valor sea conocido por las personas, sino que tiene que convertirse en objeto de reflexión, vincularlo con su vida cotidiana en sus relaciones con los demás y con su concepción del mundo para que tome cuerpo como cualidad de la personalidad.
Se hace imprescindible para la adquisición de sentido personal la comunicación, la puesta en común, el espacio para el discernimiento y la construcción racional de un sistema de valores; ubicar al sujeto en situaciones que impliquen conflictos de valor mediante disyuntivas afectivo-cognitivas que le confieran un afianzamiento del valor y el desarrollo del pensamiento crítico.
Desde el punto de vista personológico para lograr incidir en la formación de valores es menester apoyarnos en tres elementos fundamentales:
Coordinación del valor a desarrollar con el sistema personológico estructurado con anterioridad de manera que sea congruente con las formaciones psicológicas individuales.
Balance cognitivo-afectivo que constituya una base sólida para la incorporación del valor al sistema personalizado.
Desarrollo del valor como una necesidad, que pueda vivenciar el sujeto en la actividad a través de la comunicación asertiva y el pensamiento crítico.

BIBLIOGRAFÍA
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